jueves, 2 de diciembre de 2010

Condiciones de mantenimiento de los animales de experimentación en Chile. Claudia López 2010

4to Taller de Bioética: “Aspectos Bioéticos de la Experimentación Animal”
Enero 2009
Organizado por Comité Asesor Bioética Fondecyt - Conicyt


Condiciones de mantenimiento de los animales de experimentación en Chile

Dra Claudia López, Médico Veterinario

Existe abundante información que confirma la importancia del ambiente en que los animales de laboratorio son mantenidos, los requisitos para cada especie y cómo éste influye en los resultados experimentales que de ellos se obtienen (ILAR, 1999; Tuffery, A, 1995). Ofrecer a los animales un ambiente y manejo adecuados, tiene una connotación ética al asegurar bienestar, demostrar responsabilidad y respeto por la vida, minimizar el dolor o angustia, brindar un ambiente controlado que minimice las condiciones estresantes y asegure la calidad de los animales de experimentación en su rol de “reactivos biológicos”. Este último requisito de estabilidad ambiental es la primera razón que hace a los bioterios instalaciones de alto nivel de inversión y operación (Ruys, 1991).



En la salud de los animales de experimentación intervienen múltiples factores que interactúan con él de manera positiva o negativa. Cualquier desequilibrio en estos factores, deriva en stress que, de persistir, se hace perjudicial, provocando un desbalance en el medio interno del organismo el cual perdura por tiempo variable (Ruys, 1991). Si el animal en este estado se ve enfrentado a condiciones adversas como frío, microorganismos, mala ventilación, etc., puede verse expuesto a algún tipo de alteración y/o infección.



La infección (presencia de agentes etiológicos en un animal), no necesariamente provoca enfermedad, sólo puede implicar la alteración de una función o estructura de uno o varios órganos, que puede ser de por vida. En animales de experimentación es poco frecuente ver signos clínicos de enfermedad, en su mayoría son subclínicas o latentes, sin embargo, los cambios antes mencionados aunque sean leves, pueden tener efectos desastrosos en los resultados de una investigación (interferencia experimental) (Ruys, 1991, ILAR, 1999) . Adicionalmente a ello, algunas infecciones son zoonosis, por lo que además implican riesgo a la salud del ser humano.



En Chile, estos aspectos tradicionalmente han sido de poco interés o no han sido considerados por parte de los investigadores y usuarios a la hora de emplear animales en sus estudios. Sin embargo, en países desarrollados, la demanda de calidad y bienestar animal muestra una tendencia creciente y exigente. Así hoy lo “excelente” en calidad, será lo “normal” para mañana. La apertura del país a través de los tratados de libre comercio y el mundo científico académico, traerá consigo exigencias de calidad en los resultados de todos los bioensayos en que son utilizados los animales de laboratorio.

Situación en Chile
En el país, la ciencia de animales de laboratorio se ha hecho conocida y se ha desarrollado
lentamente, asociada al quehacer académico, científico y ligado al accionar de la Autoridad Sanitaria. Poco se conoce del estado del arte de los bioterios (instalaciones donde se crían y mantienen animales de laboratorio) en Chile, a diferencia de países como Brasil donde se han realizado catastros nacionales con el fin de conocer el estatus de desarrollo, tecnologías utilizadas, mercados, fortalezas y deficiencias.



A nivel nacional, hay estudios puntuales sobre las condiciones de los bioterios en Chile, cuyos resultados no son muy alentadores y a continuación se muestran resumidamente.
Méndez y Romero (2007), con el fin de caracterizar las condiciones de producción y/o mantenimiento los Animales de Laboratorio en la I, II, VIII y IX Región de Chile y a la vez compararlas con datos actualizados de la Región Metropolitana realizaron una encuesta a 18 dependencias, abarcando bioterios de cría y de experimentación.
1) Diseño Arquitectónico: Características como disponibilidad de salas de cuarentena,
laboratorios, junturas piso-pared arqueadas, materiales lavables e higienizables en pisos, paredes y pasillos independientes no están presentes en los bioterios nacionales.
2) Factores Ambientales: El fotoperíodo es uno de los factores ambientales regulado
en el 100% de las instalaciones, no así el control de humedad, inyección de aire filtrado, presiones diferenciales ni controles de temperatura automático, lo que es crítico en bioterios de regiones del país.
3) Alojamiento: En los bioterios nacionales se utilizan variados tipos de jaulas y estantes de acuerdo a la especie animal, en la mayoría de los casos cumpliendo con las exigencias para cada tipo de animal de laboratorio. Una barrera sanitaria vital es la esterilización de los materiales que ingresan al bioterio. El estudio arrojó que la viruta no esterilizada es comúnmente usada en todos los bioterios de regiones, en contraste con lo observado en Santiago, donde del 92,3% de las dependencias que emplea viruta como material de cama, el 76,9% la esterilizan mediante autoclave y el 7,69% esterilizan el heno y paja mediante gas formol, además, una unidad declaró
esterilizarla mediante rayos ultravioleta.
4) Nutrición: Para el suministro de agua en los animales, el 14,28% de los bioterios de Santiago posee sistemas automáticos, mediante cañerías con niple y un 85,7% utiliza botellas principalmente de vidrio con tubo sorbedor del mismo material o de acero inoxidable. Similar tendencia fue observada en regiones donde el 75% prefiere el uso de botellas de vidrio. Sólo en un bioterio se acidifica el agua previa a su administración.



Todos los bioterios encuestados usan dietas nacionales, sólo uno de Santiago importa alimentos de Estados Unidos para sus roedores (7,14%). Tanto la esterilización (por irradiación de rayos gama o autoclave) y análisis microbiológico, no es habitual en el total de los bioterios de regiones y en el 50% de los bioterios de Santiago, el 21,42% de las dependencias realiza controles microbiológicos y análisis químico proximal en forma rutinaria a las partidas de alimento que reciben, en tanto dos instalaciones, si bien esterilizan el alimento no realizan ningún tipo de control posterior al procedimiento (14,28%).
5) Modelo animal: En los bioterios encuestados, el modelo animal más utilizado es el ratón, siendo las variedades más empleadas la BALB/c seguida de la CF-1. La cepa de rata más empleada es la Sprague Dawley. El empleo de aves, roedores silvestres y primates sólo fue observado en algunos bioterios de Santiago.
6) Estado Sanitario: Este no es un factor considerado en la mayoría de los bioterios de regiones, un 75% declara no realizar ningún tipo de control microbiológico ni genético en sus animales y sólo uno ha realizado necropsias y análisis bacteriológicos
y parasitológicos. En Santiago, el 64,2% de los bioterios realizan algún tipo de control del estado sanitario y genético de los animales, siendo el control parasitológico
una de las prácticas más implementadas (88,8%), seguido por el análisis bacteriológico
(55,5%), necropsias (55,5%) y los estudios hematológicos, inmunológicos, genéticos y otros (micológicos y dentales) que se realizan en sólo un 14,28% de las instalaciones. El control de enfermedades virales solamente es practicado por una de las dependencias encuestadas en la especie aviar, sin embargo, en el caso de los roedores no son patógenos que se controlen.
Capítulo 5 Condiciones de mantenimiento de los animales de experimentación en Chile 55
7) Personal y bioseguridad: La presencia de auxiliares y técnicos en los bioterios es mayoritaria, en tanto, la supervisión veterinaria está presente en mayor proporción en instalaciones de Santiago respecto de regiones. El nivel de perfeccionamiento en el área del cuidado y uso de los animales de experimentación no es una práctica habitual en regiones, a diferencia de Santiago donde el 42,8% de los profesionales mantienen un nivel de actualización permanente.
La realización de chequeos médicos, tendientes a detectar una posible zoonosis o estados alérgicos en el personal que ingresa a trabajar con los animales, no es una práctica que se realice en los bioterios, como tampoco los exámenes preventivos de salud.
8) Condiciones experimentales: El uso de analgésicos o anti-inflamatorios posterior a un procedimiento invasivo no es una práctica habitual en los bioterios.



Como ocurre en la mayoría de los casos, las instalaciones que albergan animales de experimentación en nuestro país no fueron construidas con ese propósito y presentan
serias deficiencias en diseño, equipamiento y control efectivo de los parámetros ambientales, como también problemas estructurales. Esto dificulta enormemente el control de las variables del ambiente que rodea a los animales y los predispone a estrés, infecciones y/o enfermedades, razón por la cual no pueden ser certificadas bajo las normativas de Calidad y Bienestar Animal. Esto se acentúa cuando los procedimientos realizados no aseguran eliminación total de microorganismos de las áreas, equipos e insumos del bioterio, por carencia de áreas de lavado exclusivas, esterilización y controles de calidad internos.
A esto se suma el efecto de contar con animales de una calidad convencional (con microflora y microfauna desconocida que puede incluir patógenos), los cuales no son controlados en su aspecto microbiológico ni genético. Esta calidad deficiente de animales hace factible la presentación de interferencias experimentales por patologías latentes o subclínicas.
Los resultados de este estudio, dejan en evidencia que en Chile no existen dependencias
para la crianza o mantenimiento de animales de laboratorio en condiciones óptimas que garanticen tanto su bienestar como la invariabilidad y confiabilidad de los resultados obtenidos a partir de ellos.

Si bien algunas unidades están trabajando con un buen nivel de estandarización acorde a las exigencias internacionales (estantes de microaisladores, animales transgénicos,
mutantes importados), no representan la realidad nacional y continúan presentando importantes deficiencias en aspectos de bioseguridad y salud ocupacional, capacitación, competencia del personal y aplicación de principios bioéticos que deben ser resueltos (eutanasia, manejo del dolor).
Los desafíos para el país
La globalización de la cual Chile no está ajena y la incorporación del país a tratados de libre comercio con mercados como el NAFTA, MERCOSUR, CEE y Asia, trae necesariamente exigencias relativas al bienestar, cuidado animal y aseguramiento de la calidad de los productos y servicios importados y exportados en sus diferentes etapas de producción, control de calidad y comercialización. Ello implica el mejoramiento sustancial de los controles de calidad de los productos que Chile importa, exporta y consume internamente, con especial énfasis en los alimentos, medicamentos y vacunas. En este desarrollo no puede quedar ajeno el quehacer científico y tecnológico que involucre el uso de animales de laboratorio.
Todas las entidades que utilizan animales de experimentación deben ser partícipes y responsables del cumplimiento de todas las normativas de cuidado y uso de animales
de laboratorio, aspecto que incluso es parte de la Ley de Protección Animal Nº 20.380 promulgada en septiembre del año 2009. Este tema compete a todas las personas, en especial a los que están involucrados con el manejo, cuidado y uso de animales de laboratorio, desde el técnico que cuida a los animales hasta la autoridad máxima de la organización.
Si estas mejoras no son realizadas, el país corre el grave riesgo que las actividades de la Autoridad Sanitaria y la investigación biomédica, sean severamente cuestionadas,
si se toma en conocimiento que no existe ningún bioterio chileno certificado,
pudiéndose fácilmente poner en duda los resultados obtenidos al conocerse la condición convencional de los animales empleados y su crianza en condiciones que transgreden el bienestar animal y la salud ocupacional. Esto se hace crítico con los mercados externos, donde las exigencias relativas a la calidad son crecientes y ante lo cual nuestro país debe estar preparado.

A excepción de Brasil, Cuba y Argentina, en Latinoamérica no existen bioterios que cumplan con los requisitos internacionales de Calidad y Bienestar animal, quedando así la región en un franco retraso tecnológico y fuera de toda competitividad.
Es urgente que los bioterios nacionales sean modernizados, que incorporen tecnologías
de punta y altos estándares bioéticos en los procesos de cría, mantención y uso de animales de laboratorio. Estos suponen un alto nivel de inversiones en infraestructura,
equipamientos y recursos humanos capacitados en Ciencia de Animales de Laboratorio, en bioseguridad sistemas de calidad, bioética.
Si bien la obtención de recursos para inversión siempre es una labor difícil, aquí tienen un importante rol los fondos concursables para proyectos de infraestructura, equipamiento y capacitación, entre otros.
En líneas generales, los bioterios modernos deben tener una planta física bien planificada,
diseñada, construida y mantenida (ILAR, 1999; Ruys, 1991), deben contar con rigurosas barreras sanitarias, como autoclave doble puerta, filtros HEPA en los inyectores y extractores de aire, gabinetes de flujo laminar para cambios de camas, máquinas de lavado, cortinas de aire, presiones diferenciales, flujo unidireccional, entre otros. El sistema de alojamiento de los animales debe tener filtros en cada jaula (microaisladores) que los aíslan del ambiente y evitan las contaminaciones cruzadas entre jaulas, desde y hacia el personal que los manipula. La calidad de los animales producidos y/o mantenidos deber ser definida microbiológica y genéticamente,
donde el requisito mínimo es la calidad libre de patógenos específicos (specific pathogen free) (Tuffery, A, 1995).



A nivel de cada organización se exige la aplicación de una política interna de cuidado y uso de los animales de laboratorio, de salud del personal, de calificación y capacitación y el funcionamiento de un comité de bioética y cuidado animal que oriente y regule las actividades que involucran animales.
Todos estos requisitos mencionados son necesarios para la certificación de los bioterios
ante organismos como la Association for Assessment and Acreditation on Laboratory Animal Care International (AAALAC International).

Beneficios de la certificación de bioterios
La certificación en cuidado y bienestar animal considera cuatro grandes aspectos: las políticas institucionales, el cuidado del ambiente y alojamiento animal, la supervisión
médico veterinaria y la planta física.
Esta certificación es un sello de calidad y un signo de compromiso de la entidad receptora con el cuidado y bienestar animal, además de hacerla respecto de sus pares.
El proceso de certificación realizado por la AAALAC se enfoca en el mejoramiento continuo, define rendimiento, mejores prácticas, progreso y permite la comparación de la eficiencia de distintos manejos éticos y de bienestar dentro del bioterio.
El logro de la certificación lleva a la adopción de altos estándares en manejo y uso de animales de laboratorio, ayuda a la competencia del ámbito científico por el bienestar animal, promueve la validez científica y provee una imagen positiva a la comunidad.
La certificación beneficia a la ciencia a través de la reducción o eliminación de variables,
la reproducibilidad de resultados, la significancia estadística de datos y la comparabilidad de estudios.
Los animales se ven beneficiados porque ellos son el centro del foco de evaluación, la perspectiva de o los bioterios se hace independiente de los lineamientos de la Institución, ésta se hace competitiva y se posiciona como referencia.

Finalmente, el recurso humano se ve favorecido ya que se asegura un alto nivel de bioseguridad y salud ocupacional, se empodera a los equipos de trabajo involucrando a todos los niveles de jerarquía y representa un estimulo positivo y de orgullo al personal.

Referencias

Ruys, Theodorus, 1991. Handbook of facilities planning. Volume 2. Laboratory animal
facilities. Van Nostrand. New York. 420 p.
Tuffery, A, 1995. Laboratory animals. An introduction for experimenters. 2nd Edition.
Wiley&Sons. 392 p.
ILAR, 1999. Guía para el cuidado y uso de animales de laboratorio. National Research
Council. National Academic Press. 147 p.
AAALAC, 2006. Workshop Internacional: Programa de certificación de Bioterios en Cuidado animal. Organizado por COBEA. www.aaalac.org
Méndez, G y Romero, S. 2007. Instalaciones que albergan animales de laboratorio en Chile. Trabajo en prensa.

La máquina antropológica y sus reactivos biológicos. Raúl Villarroel. 2010.

La máquina antropológica y sus reactivos biológicos.
Usos y abusos de los animales no humanos con propósitos científicos

Raúl Villarroel

4to Taller de Bioética organizado por Comité Asesor de Bioética, FONDECYT-CONICYT“Aspectos Bioéticos de la Experimentación Animal”Enero, 2009

Iniciaremos nuestra reflexión, trayendo a colación las afirmaciones que el reconocido pensador italiano Giorgio Agamben, nos plantea en su breve obra “Lo abierto. El hombre y el animal” (Agamben, 2007), en relación con el minucioso examen que acomete respecto de las expresiones del filósofo Martin Heidegger, contenidas en su curso del semestre de invierno 1929-1930 en la Universidad de Friburgo, cuyo título es “Conceptos fundamentales de Metafísica. Mundo, finitud, soledad” (Heidegger, 1983). En él, Heidegger aborda una amplia investigación “acerca de la relación del animal con su ambiente y de la relación del hombre con su mundo” (Ibíd., p. 94).

Consideramos de sumo interés esta indagación, porque apunta a destacar un carácter esencial de la problemática que no parece haber estado lo suficientemente atendido en la tematización habitual de los asuntos referentes al mundo animal, hasta donde podemos dar cuenta de ello. Veamos, entonces, de qué manera podemos escrutar su sentido profundo y ubicarlo como punto de partida para esta reflexión, teniendo tan solo sumariamente a la vista algunas cuestiones de contexto necesarias para su mejor comprensión.

Agamben da cuenta en su libro de la inspiración que Heidegger habría encontrado
para el desarrollo de sus ideas en el trabajo del reconocido biólogo y zoólogo contemporáneo Jakob von Uexküll (1864-1944), cuyas investigaciones “expresan el abandono sin reservas de toda perspectiva antropocéntrica en las ciencias de la vida y la radical deshumanización de la imagen de la naturaleza” (Ibíd. p. 79). Ciertos conceptos fundamentales de la investigación de von Uexküll habrían sido resignificados por Heidegger, en beneficio del rendimiento teórico que buscó extraerles para sostener la triple tesis del curso invernal, según la cual: a) la piedra no tiene mundo; b) el animal es pobre en mundo y c) el hombre es formador de mundo. Así sería como interpreta Heidegger la relación del animal no humano con su “círculo desinhibidor”, que es como denominó a aquel ambiente portador de significado que von Uexküll había llamado “mundo circundante” previamente, para diferenciarlo del simple espacio objetivo en que se desenvuelve lo viviente.

Se sabe que Heidegger emparentó muy estrechamente la experiencia del mundo animal no humano, en cuanto ésta sería puro “aturdimiento”, mudo estupor, es decir, sustracción de la percepción de las cosas en cuanto tales, deprivación del acceso al ente tal cual es con la experiencia humana del “aburrimiento profundo”, en cuanto tonalidad emotiva fundamental, y que sería el modo más originario en el que nos encontramos los seres humanos. Sin embargo, de acuerdo con esto, aunque el animal no puede entrar en relación ni con el ente que él es ni con el ente que él no es -permaneciendo estupefacto, suspendido entre sí mismo y el ambiente-, su pobreza de mundo no lo deja simplemente del lado de la piedra, que sí carece totalmente de mundo. Lo que le ocurre, más bien, es que está constreñido en ese mundo ambiente en que habita, sin poder experimentarlo verdaderamente. Pero, esta última situación estaría en una vecindad extrema con la experiencia del aburrimiento profundo humano -esa experiencia esencial del Dasein, como dice Heidegger-, en cuanto ella significa también un estar encantado-encadenado para el hombre al interior del ente. El aburrimiento sería la experiencia típicamente humana en la que nos encontramos de golpe abandonados en el vacío, donde las cosas “no tienen nada para ofrecernos” (Ibíd. p. 121), puesto que estaríamos enclavados en, y consignados a, aquello que nos aburre; y, tal como está el animal, suspendidos entre nosotros mismos y el ambiente, ante nuestras propias posibilidades, que permanecen inactivas o se nos tornan inaccesibles en tales circunstancias. Ello permite concluir, entonces, que, estando “arrojados” y perdidos en el mundo que tenemos a nuestro cuidado, somos como los animales, sólo que hemos aprendido a aburrirnos, despertando de nuestro propio aturdimiento y a nuestro propio aturdimiento (Ibíd. p. 129).
Ahora bien, por otra parte, lo anterior, tal vez, nos podría mover a pensar que estamos aún muy lejos de entender que esa humanitas sobre la cual construimos el plexo de justificaciones que nos permiten intervenir irrestrictamente sobre la vida animal no humana (en la crianza intensiva para fines de alimentación, la experimentación científica, la manipulación genética, u otras) pasa demasiado cerca del hombre y se constituye, sobre todo, en virtud del soslayo practicado históricamente respecto de su propia naturaleza, en virtud de un “olvido” del phylum particular al que pertenece en tanto viviente. También se ha denominado “antroponegación” a este rechazo a priori a reconocer características compartidas entre animales humanos y no humanos (De Waal, 2007).

La “máquina antropológica”, como la llama Agamben (Ibíd. pp. 67-76), en su producción del borde diferenciador de lo humano, a partir de la oposición hombre/animal, humano/inhumano, funciona necesariamente mediante una exclusión. Sustenta la discriminación del animal en algo que no es propiamente un dato natural innato sino una producción histórica y que, como tal, no puede ser asignada al hombre en total propiedad (Ibíd., p. 73). Este elemento distintivo, presupuesto como característica de lo humano es el lenguaje. No obstante -reflexiona Agamben-, si se quita este elemento, la diferencia se borra de inmediato. Y aunque se le pudiera asignar -agregamos nosotros-, si admitiéramos ciertos planteamientos, como los de Montaigne en su Apología de Raimundo Sabunde por ejemplo, tendríamos que reconocer que los animales no sólo se comunican o emplean signos lingüísticos, sino que, además, son capaces de responder(nos) (Montaigne, 2003). Como ha sostenido Jacques Derrida, desde Aristóteles a Descartes, y especialmente desde Descartes a Heidegger, Lévinas y Lacan, esta cuestión determina a su vez muchas otras, referidas al poder, o a capacidades o atributos: a ser capaz de, tener el poder de dar, de morir, de enterrar a los muertos, inventar técnicas y muchas otras; un poder que consiste en tener tal o cual facultad como un atributo esencial. Pensando en esto mismo, la cuestión fundamental no será entonces saber si los animales son del tipo zôon logon echon (animale rationale), según la antigua definición aristotélica; es decir, si pueden hablar o razonar gracias a ese atributo o capacidad implicada en el logos, el poder-tener el logos, la aptitud para el logos (razón por la cual, además, el logocentrismo sería en primer lugar una tesis sobre el animal, deprivado del logos), sino si pueden sufrir, como afirmara Bentham (Derrida, 2008).
Ahora bien, esta cuestión nos interesa porque la posesión del lenguaje ha sido un claro indicador del límite que debemos reconocer a la hora de contraer obligaciones. Sólo con seres capaces de hablar nos ha parecido que tenemos que establecer vínculos de reciprocidad, o relaciones simétricas. En este sentido, y atendidas las consideraciones precedentes, pareciera que podríamos coincidir con Derrida y dar razón al filósofo utilitarista Jeremy Bentham cuando planteó que la pregunta decisiva para determinar si debemos o no reconocer obligaciones de moralidad para con los animales no humanos no es teniendo a la vista su afasia, su carácter alogon; no es preguntándonos si acaso éstos pueden o no hablar, o bien si pueden o no razonar, sino más bien si pueden sufrir, definitivamente (Bentham, 1996)2.
2 Cfr. Introduction to the Principles of Morals and Legislation, Cap. XVII, p. 283: “the question is not, Can they reason? nor, Can they talk? but, Can they suffer?”

Está claro que desde la antigüedad, se ha venido formulando una y otra justificación para excluir a los animales de la esfera de la moralidad; pensadores como Aristóteles3, Agustín4, Tomás de Aquino5, Descartes6, han sido categóricos a la hora de incapacitarlos, o desproveerlos de inteligencia y voluntad, tornándolos de paso incompetentes morales. Y sin afán de insistir en el lugar común al que cualquier reflexión de este tipo habitualmente llega (la revisión de dichas concepciones filosóficas, que con fundamentos más o menos razonables estatuyeron la diferencia entre el hombre y el animal, y consecuentemente, la carencia de dignidad de este último), indagaremos a partir de aquí qué es lo que se ha tenido en cuenta a la hora de argumentar a favor o en contra de un punto de vista como el que presume la superioridad de lo humano y atribuye al hombre facultades, en algunos casos ilimitadas, sobre el destino de las especies animales no humanas, para conseguir a través suyo múltiples propósitos. Como sabemos, estos propósitos van desde aquellos que, al menos en apariencia, hacen pensar que se busca otorgarles un reconocimiento, más o menos desinteresado, similar al que nos otorgamos (a veces) entre nosotros los seres humanos, como sería el caso cuando nos hacemos acompañar por ellos y los mantenemos en condición de mascotas; hasta aquellos otros empleos francamente aberrantes y penosos, como en el caso de su exhibición en circos, por ejemplo, donde se les condiciona a fuerza de violencia y privaciones a desempeñar comportamientos evidentemente del todo ajenos a su naturaleza originaria, para el simple y vulgar lucro de sus propietarios. Podría considerarse, quizás, un terreno intermedio -y esto es el foco de la discusión en estas páginas- el propósito que se persigue en la experimentación científica cuando se recurre a los animales no humanos, en calidad de “reactivos biológicos”, y planificada o calculadamente se les extrae un rendimiento -muchas veces incompatible con su propio bienestar-, ya sea para incrementar el conocimiento de funciones o procesos fisiológicos, o para evaluar la seguridad de algunas sustancias, o para comparar evidencias comportamentales, entre muchas otras posibilidades. Se argumenta, en este último caso, que el recurso al animal está justificado porque éste ofrece la mejor oportunidad de obtener respuestas fiables y reproducibles respecto de la situación experimental, cuando su calidad genética y ambiental ha sido cuidadosamente asegurada en forma previa. Se requiere para tales fines, disponer especial
3 Cfr. Política, Libro I, 1253a; 1257a.
4 Cfr. De las costumbres de la Iglesia católica, II, XVII, 54.
5 Cfr. Summa theologica, I-II, q. 6, art. 2; q. 17, art. 2.
6 Cfr. Discurso del Método, parte V.

celo en la provisión de controles sanitarios e higiene que aparten al animal de la presencia de microorganismos no deseados para los objetivos de la investigación y de un estricto control genético que impida la presencia de ejemplares portadores de caracteres inconsistentes con los propósitos del experimento diseñado (Cardozo, Mrad, Martínez et al., 2007, pp. 40-44).
Gracias a la experimentación con animales -se dice-, se ha avanzado en la investigación
en salud, se han desarrollado nuevos métodos diagnósticos y nuevos sistemas, más refinados, para la obtención de vacunas. Se han hecho importantes contribuciones al desarrollo de la biología, de las biotecnologías y de la técnica de los trasplantes de órganos. Se han optimizado métodos clínicos computarizados y tratamientos radiológicos decisivos en la detección precoz, la prevención y la intervención terapéutica de patologías tan devastadoras como el cáncer. En el plano de las neurociencias, se han logrado reconocer los fundamentos moleculares y celulares de algunas enfermedades degenerativas. Incluso, la investigación en que se emplean animales no humanos en calidad de reactivos biológicos ha contribuido derivando beneficios y nuevas aplicaciones -como vacunas, antibióticos o anestésicos-, que pueden ser aplicados para mitigar las dolencias de sus propios congéneres domésticos (Ibíd., pp. 67-69). La enumeración podría extenderse, sin duda, pero no vale la pena intentarlo en este momento.
Por cierto, desde las prácticas de la cruel vivisección (Sánchez, 1996, p. 74) -tan frecuentes como cuestionadas durante el siglo XIX- hasta las exigentes regulaciones nacionales e internacionales existentes en nuestros días, destinadas a precisar los términos exactos en que es posible validar la experimentación con animales no humanos y otorgarle legitimidad conforme a estándares éticos, han acontecido una serie de transformaciones que no pueden desconocerse. De una manera u otra, estos cambios constituyen el soporte en que se asienta la defensa del empleo de ciertas especies -ratas, ratones, hámsteres, gatos, perros, ovejas y otros- en calidad de sujetos de experimentación; y de ciertos procedimientos -de control sanitario, de control genético, de diseño de condiciones ambientales, de analgesia, eutanasia y otros- con fines experimentales. Se define habitualmente como “trato humanitario” aquel que se esmera en proveer a los animales de laboratorio de buenas condiciones de permanencia durante su período experimental. Los protocolos de manejo de animales destinados a la experimentación consideran una serie de recomendaciones que parecen demostrar la conveniencia de cuidar a estos “sujetos experimentales” para no mermar su valor reactivo y favorecer resultados óptimos en el proceso de la investigación. Los “ambientes enriquecidos” aseguran la eficiencia del desempeño
científico y promueven “la adecuada respuesta al estímulo o interrogante experimental”
(Cardozo, Mrad, Martínez et al., 2007, p. 70).
No obstante, siendo indudable lo señalado y ofreciendo los cuerpos normativos existentes, cuando menos en principio, ciertas garantías de que en las prácticas efectivas de laboratorio el sufrimiento animal puede ser verdaderamente minimizado, o que el respeto de su vida y su integridad está bien asegurado -incluso en circunstancias de considerarse necesario su sacrificio piadoso a través de procedimientos controlados de eutanasia-, el problema sigue siendo el cuestionamiento que desde diversos sectores y a partir de diferentes fundamentos filosóficos se hace recaer sobre la piedra angular que soporta al edificio de las prácticas de investigación y experimentación científica con animales no humanos en calidad de reactivos biológicos: el controvertido supuesto de que “los humanos están primero”, como sostuviera Peter Singer en su obra clásica “Liberación animal” (Singer, 1999) y que en virtud de los beneficios o ventajas que es posible derivar para la vida humana desde la experimentación científica, todo sacrificio ajeno está justificado. Ello supondría pensar que cualquier problema referido a los animales no tiene comparación con los problemas que puedan afectar a los seres humanos, tanto por la seriedad moral como por la importancia política que estos últimos poseen. Ya sabemos que a esta actitud prejuiciosa, algunos reconocidos defensores de los derechos de los animales, como Richard Ryder, Peter Singer o Tom Regan, la han denominado “especieísmo” (speciesism), aludiendo a ese afán ciego de establecer la supremacía de los intereses humanos con respecto a los de los demás seres sensibles; así como también a la creencia infundada en que el sufrimiento animal es menos importante que el sufrimiento humano. Suponer que la vida de un solo niño tiene mayor valor que la vida de todos los gorilas del mundo, por ejemplo, o que el valor de la vida de un animal no es mayor que el valor del costo de su sustitución para su propietario, son evidentes producciones argumentales de aquello que Richard Dawkins ha llamado una “mente discontinua”, porque se permite romper el lazo evolutivo y continuo que nos remonta hasta nuestras especies antecesoras, de las que nos diferencian tan solo unas cuantas notas sutiles (Dawkins, 1998. pp. 105-114).
Parte de esta discusión refiere a la pregunta por un supuesto valor intrínseco de los animales no humanos. Concierne al hecho de pensar que éstos valen por sí mismos y no por algún otro fin agregado a su propia existencia, como por ejemplo por la utilidad que eventualmente pudieren prestarnos para precavernos de potenciales adversidades o daños para la salud, contenidos en ciertas sustancias o ciertas posibilidades terapéuticas aún no corroboradas como satisfactorias o eficientes en el combate de las enfermedades. Habitualmente suponemos que a nuestra condición humana le es inherente una clase de valor; suponemos que poseemos una dignidad como señalara Kant. Un valor que no depende ni de lo felices o desdichados que podamos ser, ni de ninguna otra condición circunstancial de nuestra existencia; mucho menos creemos que este valor dependa de lo útiles o inútiles que los demás nos puedan encontrar en relación con sus propios fines. Y si creemos que “un príncipe y un mendigo, una prostituta y una monja, los que son amados y los que son abandonados, el genio y el niño con discapacidad mental, el artista y el filisteo, el más generoso de los filántropos y el usurero más falto de escrúpulos, todos ellos tienen un valor intrínseco […] y todos lo tienen por igual” -como sostiene al respecto Tom Regan-, no estaríamos actuando con atención al deber de respeto por el valor que los seres humanos poseen, si los consideráramos, por ejemplo, como recursos médicos para fines de la investigación, interviniéndolos en contra de su voluntad o sin esperar a que dieran su necesario consentimiento (Regan, 1998, pp. 252-253). Luego, limitar la posesión de valor intrínseco exclusivamente a la especie humana y considerar que los animales no humanos, en virtud de cualquier razón que sea -su aparente carencia de lenguaje, o de inteligencia, o de sentido de la temporalidad, o de capacidad de planificación, etc.-, carecen absolutamente de dignidad y en consecuencia
no son merecedores de respeto, no parece suponer un sustento mayor que el del mero prejuicio especieísta, como bien lo ha demostrado la investigación -también científica- de destacados zoólogos y estudiosos del comportamiento animal como Jane Goodall, Frans de Waal o Richard Dawkins, por mencionar algunos.
Ahora, un paso sin duda significativo en la contención de este especieísmo, lo constituyó el aporte de aquellos dos científicos británicos, William M. S. Russel y Rex Burch, que en 1959 publicaron su trascendente trabajo “The Principles of Human Experimental Technique”, pionero en atender a la cada vez más creciente demanda de reducción del uso de animales para fines experimentales. Su archiconocida idea de las tres erres: reducción-refinamiento-reemplazo en el uso de animales de laboratorio, presentó de forma clara cómo podía resguardárselos del abuso humano (Bekoff, 2003, p. 133); empleando menos ejemplares para conseguir igual cantidad de datos, valiéndose de técnicas alternativas para aminorar su angustia y su dolor, sustituyendo los sistemas in vivo por sistemas in vitro, in silico (simulaciones computarizadas), o incluso in acta, como agrega Lolas, para referirse a los derivados cognoscitivos obtenidos a partir de un metaanálisis de la literatura científica (Cardozo, Mrad, Martínez et al., 2007, pp. 16-17).

No es claro para quienes consideran a los animales no humanos como sujetos susceptibles de consideración moral y portadores de derechos, que por más sofisticadas que sean las técnicas analgésicas que se empleen en la investigación, los animales en verdad no padezcan y que lo que a menudo se hace con ellos en los laboratorios no constituya un flagrante abuso. Tampoco es tan claro que sea necesario el sacrificio de animales una vez que han dejado de prestar la utilidad que se necesitaba que prestaran; o que no constituya todo un dilema ético llegar a decapitarlos, electrocutarlos, dispararles, congelarlos o irradiarlos para darles muerte. “Sin duda, no podemos permitir que los animales sufran sólo por nuestra incapacidad de resolver asuntos difíciles”, afirma Bekoff, refiriéndose al hecho de que la posibilidad de estudiar animales no humanos de que disponemos, constituye un privilegio del que no debiéramos abusar y que, por el contrario, debiéramos tomárnoslo muy en serio (Bekoff, 2003, p. 148).
Ahora bien, la discusión en torno de los derechos de los animales es bastante antigua ya. Sin embargo, para algunos no parece tan fácil admitir sin objeciones que los animales no humanos sean merecedores de derechos, tan definitivos como los derechos constitucionales de los seres humanos. Se argumenta al respecto que pensar en los derechos de los animales es claramente una manifestación de antropomorfismo, y que hay una cierta hipocresía en dicha pretensión apologética pues la concesión de derechos a los animales es un asunto librado enteramente a nuestra voluntad humana y, en consecuencia, los únicos derechos de los que los animales podrían alguna vez disfrutar son aquellos que estuviéramos dispuestos a concederles, con lo cual el principio fundamental invocado quedaría de cualquier modo viciado ante esta limitación subyacente.
Es cierto que entre la concepción cartesiana del animal como un simple autómata maquínico y la suposición de algunos de que es necesario avanzar hacia la universalización de un corpus jurídico específicamente animal, ciertamente hay un gran trecho, mediado por una interesante gradiente de argumentos que se inclinan hacia uno u otro extremo. Las teorías cognitivas aplicadas al comportamiento de los animales aportaron interesantes insumos teóricos para alimentar este debate a partir de la década de los 80, trastocando muchas convicciones hasta entonces vigentes, sobre todo las de la perspectiva conductista. Frans De Waal comenta al respecto: “Actualmente, empleamos términos como “planificación” y “conciencia” al referirnos a los animales. Se cree que comprenden el efecto de sus actos, que son capaces de comunicar emociones y de tomar decisiones. Se cree incluso que algunos animales, como los chimpancés, poseen una política y una cultura rudimentaria” (De Waal, 2007. P. 106). De ser ello así, el hecho agregaría un especial interés a la discusión acerca de los derechos animales, porque tendería a suprimir la base de sustentación de la excluyente maquinaria antropológica y tornaría difusas las dicotomías
hombre/animal, humano/inhumano, a las que refiere Agamben en el libro que aquí hemos comentado.
No obstante, un serio escrutinio de posibilidades en relación con este problema, obligaría también a ponderar el juicio a la hora de pronunciarse a favor o en contra de tal posibilidad, particularmente por atención a algunos asuntos que de manera habitual escapan a nuestra conciencia, por ejemplo en relación con el hecho de que dependemos mucho más de lo que advertimos de los animales de laboratorio, ya que la mayor parte de los tratamientos médicos en la actualidad se han desprendido de investigación con animales; “cualquier persona que entra en un hospital hace uso de la investigación en animales” (Ibíd. p. 108).
En consecuencia, y considerando que se trata de un tema cuyo debate expresa de manera paradigmática las complejidades irresueltas de la moralidad de nuestro tiempo, y considerando, además, que todo parece indicar que nuestra existencia y nuestra salud dependen inevitablemente del devenir de la ciencia experimental, sólo parece posible cerrar esta argumentación tratando de establecer un suerte de principio heurístico (un principio de precaución, quizás) para tratar de determinar si es o no viable, si es o no legítima la experimentación con animales no humanos en laboratorios, para los fines que habitualmente hasta ahora se han perseguido, que es lo que constituye la razón fundamental de esta gran querella de nuestro tiempo:

"la única experimentación válida es aquella que no vacilaríamos en practicar con sujetos experimentales humanos. Porque, cada vez que la máquina antropológica pone al animal en condición de simple reactivo biológico, la vida misma retrocede".

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ASPECTOS BIOÉTICOS EN EL USO DE ANIMALES DE EXPERIMENTACIÓN. Dra Jessica Gimpel 2009

4to Taller de Bioética organizado por Comité Asesor de Bioética, FONDECYT-CONICYT
“Aspectos Bioéticos de la Experimentación Animal”
Enero, 2009

Capítulo 3

ASPECTOS BIOÉTICOS EN EL USO DE ANIMALES DE EXPERIMENTACIÓN

Dra Jessica Gimpel, Médico Veterinario



En este capítulo se revisan algunos conceptos de ética que constituyen las principales corrientes en uso, en torno al tema de animales de experimentación. No pretende ser una revisión exhaustiva, sino más bien un barniz de los puntos más importantes. Por otro lado, se examinan algunas definiciones de conceptos fundamentales, se describe el tipo de información que se requiere para hacer la revisión bioética de un proyecto de investigación con animales y se discute la importancia de implementar este procedimiento en nuestro país.


Historia
Existe una preocupación histórica por los aspectos éticos del uso de animales para diversos propósitos. Dentro de ésta, la experimentación con animales, aún cuando es más reciente, es una de las áreas más sensibles debido a que, en general esto implica un grado de sufrimiento animal no menor.


Diversas corrientes filosóficas y éticas han discutido si los animales tienen un estatus moral o no. La visión de Descartes (1637), por ejemplo, se basaba en las diferencias entre animales y humanos, siendo su famoso “pienso, luego existo” el argumento central para no atribuir ningún valor moral a los animales. Su planteamiento era que los animales no eran seres racionales sino que funcionaban como máquinas que no tenían sentimientos, conciencia de sí mismos, ni intereses propios. Esto, según su visión, hace que los humanos no tengan un deber moral directo hacia ellos. De ahí que mucha investigación sobre el tema se dedicara más adelante a averiguar si los animales tenían alguna capacidad mental tal como memoria, aprendizaje o razonamiento, habilidad para sentir dolor, angustia o sensaciones placenteras. Sin embargo, otros importantes filósofos, rebatieron este enfoque planteando que esa no era la cuestión fundamental en la forma como los humanos trataban, o deberían tratar, a los animales.


Bentham en uno de sus principales escritos, Introducción a los principios de la moral y la legislación (1789), argumentó que en esa época, la gente ya se estaba dando cuenta de que a los esclavos negros no se les podía tratar indignamente sólo porque tuvieran un color de piel distinto y se preguntaba cuándo comenzaría la preocupación por el trato que se les daba a los animales, ya que por no hablar o demostrar una inteligencia como la humana se les trataba indignamente. Él planteaba que el asunto fundamental respecto de los animales no es preguntarse si tienen la capacidad de razonar o no. De hecho, en algunos casos los animales pueden demostrar mayores capacidades intelectuales que los humanos, por ejemplo, en niños con retardo mental o personas en estado vegetativo. Por lo tanto, lo central no es entonces preguntarse si es que los animales pueden razonar o si tienen otras habilidades mentales, sino si es que tienen la capacidad de sufrir. Es el aspecto en que hay que concentrarse.


En la historia más reciente, grandes avances se hicieron en la segunda mitad del siglo XX. En particular, existieron dos libros muy influyentes en la opinión pública que motivaron el inicio de importantes cambios, tanto en la percepción de la sociedad del trato hacia los animales, como en la legislación, regulación e investigación.


El primero, publicado en la década del ’50 por los investigadores Russell y Burch, The Principles of Humane Experimental Technique (1959), se basó en un exhaustivo estudio de las especies, número de animales utilizados, naturaleza y severidad de los experimentos realizados en laboratorios de investigación en el Reino Unido y que se llevó a cabo en 1952. Producto de esta revisión, los autores propusieron el concepto de la Tres R Reemplazo, Reducción y Refinamiento.
El segundo libro, Animal Machines de Ruth Harrison (1964), también publicado en el Reino Unido, fue aún más influyente en la sociedad ya que trataba sobre un tema más cercano a la gente: se relataba cómo se producían los alimentos de origen animal, esto en una época en que estaba en pleno auge el desarrollo de la producción animal intensiva. La opinión pública se mostró muy sensible, lo que llevó al gobierno británico a crear un comité especial para estudiar a estos temas, ver si existían realmente problemas y cómo podrían solucionarse. Es así como el Brambell Committee (1965) produjo un reporte que acuñó el concepto de las Cinco Libertades,
aspectos que los científicos y técnicos reunidos en dicho comité consideraban indispensables para otorgar condiciones mínimas de vida a los animales de producción. Aún así, se trataba de características muy básicas (libertad para poder pararse, echarse, darse vuelta, acicalarse y estirar sus miembros). Sin embargo, gracias a esto se suscitó la necesidad de investigar cuales eran realmente las necesidades primordiales de los animales, se abrieron nuevas líneas de investigación y financiamiento y en 1979 se estableció el Consejo de Animales de Granja (Farm Animal Welfare Council, FAWC). Esta entidad hizo una exhaustiva revisión de la investigación realizada en el área en las décadas siguientes al reporte Brambell y se redefinió el concepto de las Cinco Libertades:

1. Que los animales no padezcan hambre ni sed.
2. Que no sufran malestar físico ni dolor.
3. Que no sufran heridas ni enfermedades.
4. Que puedan ajustarse a su comportamiento normal y esencial.
5. Que no sufran miedo ni angustia.


Estos conceptos, las Cinco Libertades y las Tres R, han sentado las bases para el estudio y mejoramiento del bienestar animal en la experimentación con animales.


¿Qué es bienestar animal?
Existen varios enfoques sobre el bienestar animal y por lo tanto diferentes definiciones. Hughes (1976) afirma que el bienestar es un estado de completa salud mental y física en que el animal está en con su ambiente y no sólo la mera falta de enfermedad. Broom (1986) lo define como el estado de un animal en su intento por adaptarse a su medio. Describe el bienestar como una característica individual que incluye la magnitud del éxito del animal para sobreponerse a todos los efectos ambientales. Así un individuo que no es exitoso en esto, puede llegar a enfermarse, estar herido o incluso morir. El bienestar animal varía en un rango desde muy positivo a muy negativo y es posible evaluarlo científicamente siempre que se use un rango adecuado de medidas (Broom, 1999). Dichas medidas incluyen respuestas fisiológicas, de conducta, inmunidad y sensaciones como el dolor, miedo o placer (Broom, 1991). Otra forma de definirlo es considerar el grado de adaptación en ambientes diseñados por el hombre sin experimentar sufrimiento (Duncan & Dawkins, 1983). Sin embargo, el bienestar animal no solo se refiere a la ausencia de estados emocionales subjetivos negativos, lo que se conoce como sufrimiento, sino también a la existencia de estados emocionales subjetivos positivos, a lo que generalmente se llama placer (Duncan, 2002).


Un aspecto central en muchas de las definiciones recién mencionadas es el concepto de sufrimiento. En términos generales éste se define como una estimulación aversiva del sistema nervioso central por conflictos fisiológicos y/o conductuales con el ambiente. El sufrimiento animal en particular, es definido como una experiencia subjetiva negativa, aguda o prolongada en el tiempo, en que el animal no es capaz de ejercer las acciones adaptativas que normalmente lo ayudarían a reducir el riesgo al que se enfrenta (Dawkins, 1990). En la naturaleza los animales reaccionan frente a diversos estímulos como, por ejemplo, un predador, el hambre o a algo tan sencillo como el calor: un animal que tiene calor se mueve a la sombra, es decir, manifiesta una reacción conductual y compensa el malestar o incomodidad. Un animal que se enfrenta a un predador padece mucho estrés y si es que puede escapa y se salva, usando todos sus mecanismos naturales para sobreponerse a este riesgo. Sin embargo, en cautiverio, en laboratorios o en cualquiera de los sistemas artificiales donde se les mantiene, a veces se les somete a un estrés tan considerable, que no son capaces de ejercer sus condiciones adaptativas. Al ser sobrepasados en sus capacidades, no pueden sobreponerse y ahí es donde se presenta un problema de sufrimiento animal.


Ética y uso de animales
Como se señaló antes, muchos basan su preocupación, o indiferencia, en lo que respecta al trato de los animales, en posiciones morales cuya primera interrogante es si es que los animales tienen estatus moral o no. Esto es, ¿tenemos algún tipo de responsabilidad hacia ellos? De ser así, ¿Qué tipo de responsabilidad?


Existen 4 posturas éticas principales:

1. Utilitarianismo: cuyo principal exponente en nuestros tiempos es el filósofo australiano Peter Singer, conocido frecuentemente por su libro Animal Liberation, publicado en 1975. Esta corriente plantea que existe igualdad de especies, por lo que los intereses de cada una deberían tener el mismo peso. Es decir, no se debería experimentar con animales sólo por el hecho de serlo o porque como humanos los consideramos de alguna manera como inferiores. Sin embargo, también afirma que los animales no tienen conciencia de sí mismos: basta con que lleven una vida placentera, libre de dolor y sean sacrificados sin dolor. No considera valor moral en cada individuo y de acuerdo a este planteamiento, un ser humano sin auto-conciencia (ej. alguien con un retardo mental severo, un feto o un bebé recién nacido) también podría ser usado en los experimentos en que generalmente se usan animales; algo con lo que gran parte de la comunidad en general no estaría de acuerdo.

2. Derechos de los animales: una corriente de pensamiento fuertemente defendida por el filósofo Tom Regan (2003). Según esta, los individuos tienen valor inherente. El fin no puede justificar el violar los derechos de los individuos ya que, por el solo hecho de estar vivos, merecen respeto, sea cual sea su condición o el fin que se persiga. Este argumento es usado por muchas organizaciones animalistas que son abolicionistas de la investigación y la agricultura comercial. Sin embargo, también plantea el derecho a defender la especie humana cuando hay conflictos de intereses, ya que la considera más valiosa que la de otros seres vivientes.
Ambas corrientes, Utilitarianismo y Derechos Animales coinciden en que es importante
considerar los intereses de seres sintientes, es decir de aquellos que tienen la capacidad de sentir o percibir en forma subjetiva. En el caso de los animales se refiere principalmente a la habilidad de sentir dolor o placer. La sintiencia implica subjetividad, sentimientos o sensaciones que importan al individuo (Webster, 2006).

3. Integridad de la especie: Uno de los filósofos más importantes en esta corriente es Bernard Rollin (2003). Plantea que el valor intrínseco radica en la especie y no en el o los individuos. Una especie es más que la suma de los intereses individuales, su valor incluye su ambiente. La responsabilidad, por lo tanto, no es con los individuos, sino con mantener la especie; el individuo es subordinado al interés de su especie, ya que ésta constituye la unidad de supervivencia. Un problema es que este enfoque privilegia el genoma actual y en el caso de animales domésticos y de laboratorio se usa selección artificial. Sin embargo, de acuerdo a estos principios, la tendencia sería mantener las razas actuales y no usar este tipo de selección, sin que esto tenga un claro beneficio para los animales como individuos.

4. Centrada en el agente: También llamada la ética de la virtud. En vez de pensar en los animales, sea como individuos o como especie, el centro es ¿Qué nos hacen nuestras acciones hacia los animales a nosotros como seres humanos? La relación con animales es indirecta, se basa en la analogía de la naturaleza humana con la animal. Al estar centrada en lo que uno hace, permite distinciones según el uso que se haga de los animales, aún cuando se trate de una misma especie. Por ejemplo, el tratamiento de roedores en investigación versus control de pestes; mascotas versus plagas, etc. No obstante, un problema con esta corriente es que es muy vaga en varios aspectos y hace muy fácil justificar lo que hacemos a través del sentido común. Por otro lado, se pueden suscitar conflictos entre virtudes, por ejemplo compasión por el sufrimiento animal versus compasión por los niños que necesitan alimento de origen animal, ¿a cuál debería darse prioridad? Esta corriente no aporta directrices claras en ese sentido.
Es prerrogativa de cada sociedad, grupo de investigación o comunidad legislativa, cual corriente adoptará. Pero es difícil decidirlo, ya que no existe una postura defini tiva y se requiere una discusión abierta de temas controversiales a los que muchas veces la sociedad, o sectores de ella, se resisten. Generalmente, se adopta una visión híbrida con una combinación de elementos de las anteriores. Esto nos lleva a preguntarnos si tiene sentido entonces preocuparse de la ética. La respuesta es sí, por varias razones.
El pensamiento ético es necesario para poder formarse una opinión: hay mucha gente que quiere tener una opinión, pero realmente no sabe qué pensar.
Estimular el pensamiento ético ayuda a decidir la posición individual. Existen campañas
con mucho ‘gancho’ emocional, pero sin un planteamiento ético claro. Se gastan importantes recursos en ellas con poco o nada beneficio real para los animales, ni siquiera pensando en la ética de la virtud. El pensamiento ético lleva a tener integridad, opiniones basadas en información, en evidencia, argumentos racionales e imparciales. Esto contribuye a sostener una justificación de nuestras actitudes y planteamientos morales. Esto produce un beneficio a largo plazo en la comunidad. Es también importante interesar en el pensamiento ético a personas con poder de decisión e información, por ejemplo legisladores, comités de ética, medios de comunicación, etc. En cuanto al financiamiento de la investigación con animales, los planteamientos respaldados por principios éticos son tomados con mayor seriedad y tienen mayores posibilidades de conseguir fondos. Es cierto que este es un proceso, un paso a corto plazo, especialmente en una sociedad que sólo recientemente (al menos en comparación con otras) ha comenzado a preocuparse de estos temas. El hecho de que consume mucho tiempo y energía es visto muchas veces como una desventaja. Sin embargo, es un proceso necesario que no sólo mejora la integridad y coherencia de una comunidad, sino la calidad de la investigación, haciéndola más válida, publicable y universal.

Uso de Animales en Experimentación: Algunas cifras
En el Reino Unido se usaron mas de 3.5 millones de animales de laboratorio en 2008. De éstos un 77% eran roedores, 17% peces y 3% aves. Casi el 80% de los procedimientos iniciados en 2008 fueron para evaluar la eficacia y seguridad de productos farmacéuticos (Home Office, 2009).
En Estados Unidos se reporta un total de poco más de 1 millón de animales usados en experimentación el 2007. Sin embargo, en este total no se cuenta a roedores de los géneros Rattus y Mus, ya que están específicamente excluidos del Acta de Bienestar Animal (USDA-APHIS, 2008). Se estima que estos roedores representan el 90% de los animales usados en experimentación en los EEUU, aunque algunos autores estiman cerca de 23 millones de animales al año (Trull & Rich, 1999). Sea cual sea la cifra, el hecho es que existe un gran número de animales que están desprotegidos. Por ello ha habido una fuerte presión pública para cambiar el Acta y se han dado pasos en esa dirección. No obstante, se argumenta que el costo de implementar dicha protección perjudicaría la cantidad de fondos que hoy van directamente a financiar la investigación por lo que se han solicitado estudios de costos antes de tomar acción (Acta AWA, enmienda, USDA-APHIS, 2002). Es un punto a resolver que es muy sensible en la sociedad norteamericana. Sin embargo, aún cuando no existe la legislación concreta para la experimentación con roedores Rattus y Mus, sí es posible someter a inspección a las instalaciones de centros de investigación. Existen recomendaciones de estándares de tenencia y cuidado de estos roedores, que son provistas por las mismas entidades gubernamentales que sancionan el Acta (AWIC, 2006), por lo que igual se han dado pasos importantes en ese sentido y muchos científicos las cumplen, ya que reconocen el impacto positivo, tanto en sus resultados (por ejemplo, menos ‘ruido’ en sus datos) como en la percepción pública de su investigación.

El concepto de las 3 R
Como se mencionó anteriormente, este concepto proviene de la propuesta de Russell y Burch (1959) en su libro acerca de los principios de la técnica experimental humanitaria. Las 3 R son hasta hoy una pauta fundamental para mejorar las prácticas en investigación con animales. Su gran mérito radica en que a través de 3 sencillas directrices basales, es posible abordar todos los aspectos de la experimentación animal.

Reemplazo: Propone reemplazar, toda vez que sea posible, el uso de animales vivos en experimentación por otras alternativas viables o por animales menos ‘sintientes’. Grandes avances se han hecho en las últimas décadas en cuanto al reemplazo de muchos modelos animales o etapas experimentales por pruebas in Vitro, cultivos celulares y simulación por medio de modelos matemáticos, gracias al uso de la computación.

Reducción: Cada vez se pone mayor atención en usar el número mínimo de animales que permita la obtención de resultados significativos, basándose en criterios estadísticos y no arbitrarios o tradicionales. Es importante enfatizar el uso de antecedentes (como la variabilidad de un determinado parámetro) que permitan fijar o estimar criterios estadísticos (ej. número de réplicas), ya que reducir el n de un experimento en forma arbitraria sin un referente como este, podría hacer de todo el proceso un ejercicio inútil que terminaría finalmente desperdiciando animales y recursos, por no contar con el número mínimo necesario.

Refinamiento: Adecuar el protocolo de trabajo para minimizar potencial estrés, dolor,
sufrimiento o daño permanente que los animales puedan llegar a experimentar. Mejorar el bienestar animal, tanto durante el procedimiento como en el manejo diario. Es quizás el punto más importante, por su directa relación con los animales de experimentación y a la vez, extrañamente, el más difícil de implementar en muchos casos. Esto debido a que muchas veces impera larga una tradición o Status quo respecto a la forma de hacer los procedimientos. Para los revisores de proyectos en comités de bioética es frecuente encontrar explicaciones como “es la forma que siempre se ha usado y funciona bien”, sin que exista ningún cuestionamiento por parte del investigador o su equipo, acerca de si sería posible mejorar el procedimiento, aún en pequeños detalles (ej. la forma de manipular a los sujetos), para bajar los niveles de miedo y estrés en los animales. No se trata de reinventar modelos o empezar todo desde cero, como la palabra lo dice se trata de refinar lo que ya existe, tratando de mejorarlo. Ello implica siempre un ejercicio de humildad, de cuestionarse si lo que el grupo de investigación lleva haciendo por 10 años es realmente lo mejor. Quizás es eso lo que hace que esta R sea muchas veces la más difícil de implementar en forma cotidiana y, sin embargo, con frecuencia es la más efectiva y la más barata: no siempre es necesario hacer grandes inversiones para poner jaulas más grandes. Darles algo que hacer a los animales en su reducido espacio, puede ser mucho más efectivo en términos de su bienestar, ya que les posibilita realizar conductas para las que están altamente motivados (ej. sustrato de papel picado en jaulas de hámsters).

Revisión bioética de protocolos de investigación con animales
En Chile es muy reciente la aprobación de una ley de protección animal que incluye a animales de experimentación. Aún es necesaria la formulación de todos los reglamentos
que harán posible la implementación práctica y fiscalización de la ley. Sin embargo -y este libro es un reflejo de ello- hace ya varios años que la comunidad científica viene preocupándose por estos temas. De allí que existan también comités de bioética en muchas universidades e instituciones de investigación. Es algo que ha sido impulsado por varios hechos: la preparación de muchos científicos nacionales en el extranjero (que implica capacitación en temas de manejo y bienestar animal antes de poder trabajar con ellos), colaboración con investigadores de otros países en que la legislación existe hace mucho tiempo, agencias extranjeras de financiamiento,
restricción de las posibilidades de publicación en revistas internacionales de proyectos que no hayan contado con una revisión ética, etc. En esto ha sido importante el trabajo de CONICYT, que desde hace ya varios años, ha venido guiando a los investigadores y adentrándose en los temas de bioética y bienestar animal en forma paulatina. Esto hace además que la investigación desarrollada en nuestro país sea valorada y respetada en otros países más desarrollados, abriéndose así mayores posibilidades de colaboración y financiamiento para la ciencia en Chile.
Al no existir legislación hasta hace poco tiempo, lo que los centros de investigación han hecho, es adaptar a nuestra realidad nacional los métodos usados en países con mayor trayectoria en este tema. Se han utilizado varios modelos, la mayoría de ellos similares entre sí, basados principalmente en las regulaciones norteamericanas publicadas por el NIH y las europeas, principalmente del Reino Unido, que ha liderado el tema desde hace ya muchos años.
Los principales aspectos que deben mencionar, describir y explicar los investigadores
que someten su proyecto a revisión por parte de un comité de bioética, son los siguientes:
• Información general del investigador y su equipo: formación y años de experiencia en el tema
• Información acerca del proyecto
• Propósito y la justificación científica del trabajo en términos generales: qué aporte al conocimiento se intenta obtener, ¿no se ha hecho antes?
• Descripción completa y detallada de los procedimientos a realizar: quirúrgicos y no quirúrgicos. En este último se considera también la supervisión diaria de los animales. Para esto existen protocolos que sistematizan la información y facilitan la toma de decisión en caso de que haya que aumentar medidas paliativas del dolor, sacar a algún animal del experimento y/o hacer eutanasia, etc. Ver Apéndice 1.
• Especie y número estimado de animales a utilizar: clara justificación de ambos
• Evaluación de la severidad potencial de cada procedimiento y del proyecto completo
• Calificación y experiencia del responsable y de su reemplazante en caso de ausencia
• Justificación de la investigación: información específica
- Por qué se está haciendo: beneficio potencial vs. costo para el animal
- ¿Es probable que el experimento cause sufrimiento (ej. dolor)?
- ¿Se ha considerado si es posible?
• ¿Reemplazar?
• ¿Reducir?
• ¿Refinar?


Cada uno de estos puntos requiere de una explicación clara. No se considera suficiente una simple cita de un trabajo anterior o razones como “es el modelo que siempre se ha usado”. Se debe entregar una justificación bien argumentada que demuestre que el o los investigadores se han hecho estos cuestionamientos.


Beneficio potencial vs. costo para el animal: aún cuando esto puede parecer subjetivo
y difícil de evaluar, es posible sistematizar este análisis, de tal forma de llegar a tener elementos para un proceso más objetivo.

Tipos de beneficio:
• Médico
• Científico
• Educacional
• Ambiental
Ejemplos: control de enfermedades, estudios fisiológicos, entrenamiento y perfección
de técnicas, protección ambiental, etc.
II. Costo para el animal (Wolfensohn & Lloyd, 1994):
• Severidad: según los efectos adversos esperados se establecen tres bandas de severidad:
Menor, Moderada y Sustancial. Para determinar esto se estiman los efectos adversos y la proporción de animales afectados a partir de antecedentes de experimentos
anteriores, de la literatura o de procedimientos similares. Como primer paso se evalúa el Efecto potencial que conjuga el nivel esperado de efectos adversos inmediatos con el nivel de efectos adversos a largo plazo.

Evaluación del Nivel de Severidad
Ejemplos de Severidad Menor:
• Toma de muestra sangre infrecuente o pequeña
• Biopsia superficial
• Procedimientos en los que el animal será sacrificado antes de que muestre cambios mayores en su comportamiento habitual
• Procedimientos quirúrgicos menores bajo anestesia
Ejemplos de Severidad Moderada:
• Procedimientos quirúrgicos en que se provee cuidados post-operatorios y analgésicos
en forma metódica
• Tests de toxicología con un punto final humanitario definido (es decir sin esperar mortalidad como punto final, como se hacía en pruebas de dosis letal-50)
Ejemplos de Severidad Sustancial:
• Cirugía mayor que cause sufrimiento post-operatorio
• Estudios de toxicología con grado considerable de morbilidad o muerte como punto
final
• Cualquier procedimiento que resulte en una alteración significativa del estado normal de salud del animal

Son estos los elementos que permiten juzgar, disminuyendo la subjetividad y aumentando
la objetividad, si un proyecto de investigación que utiliza animales tiene una justificación ética o no. El hecho de que esto lo revise un comité con científicos y profesionales de distintas áreas, aumenta también la confiabilidad y objetividad de la evaluación.

Comentario final
La revisión bioética de los proyectos de investigación con animales, no pretende ser una dificultad más en el ya complicado camino de la ciencia. Es más bien una oportunidad y, a pesar de la usual reticencia inicial, en países que llevan más tiempo usando estos esquemas, se ve finalmente como una ventaja. La razón es que esto permite mejorar la calidad de la ciencia, la percepción pública de la experimentación con animales, las oportunidades de financiamiento y la colaboración con otros centros de investigación.


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http://grants.nih.gov/grants/policy/air/index.htm
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http://www.awionline.org/SearchResultsSite/laball.aspx
http://science.education.nih.gov/AnimalResearchFS06.pdf

“Aspectos Bioéticos de la Experimentación Animal" INTRODUCCIÓN. Dra. Carmen Gallo. CONICYT 2009

4to Taller de Bioética organizado por Comité Asesor de Bioética, FONDECYT-CONICYT
“Aspectos Bioéticos de la Experimentación Animal”
Comité Asesor de Bioética,
FONDECYT-CONICYT
Enero, 2009

Capítulo 2

INTRODUCCIÓN

Dra. Carmen Gallo, Médico Veterinario

Por muchos años los animales no fueron considerados como seres sintientes, no había
preocupación por restringir el número de animales a usar en experimentación (reducción) excepto por una preocupación económica, por cambiar modelos animales por no animales (reemplazo) o usar técnicas más refinadas que evitaran el posible sufrimiento de los animales (refinamiento). Hoy la investigación con seres vivos, tanto en universidades como en centros especializados, es revisada y autorizada por los comités de bioética que cautelan estos aspectos;
adicionalmente, al postular a fondos para realizar investigación o previo a que los resultados de un estudio puedan ser considerados para publicación en una revista científica, se revisan los aspectos éticos de las metodologías experimentales usadas.

El uso de animales en experimentación va en paralelo al desarrollo de la medicina, cuyas raíces provienen de la Grecia antigua. Según Baumans (2005) la creciente demanda de modelos
animales de calidad, junto con las críticas vertidas sobre el modo en que se utilizan los animales, ha llevado a la aparición de una rama multidisciplinaria de la ciencia denominada ciencia
de los animales de laboratorio, que se rige por los principios cardinales de las tres erres: reemplazo, reducción y refinamiento, formuladas por Russell y Burch en 1959. Los experimentos con animales sólo deberían ser realizados cuando no hay otra alternativa y cuando los beneficios del mismo son tales que se justifica el sufrimiento animal. Al usar animales en investigación,
existe una obligación legal y moral de salvaguardar su bienestar y causarles el menor sufrimiento posible. Lo anterior además suele ser positivo para el propio proceso experimental, ya que las incomodidades y el estrés antes y durante un experimento pueden llevar a obtener resultados no confiables ni repetibles. Si consideramos que el bienestar animal es un prerrequisito para lograr resultados experimentales confiables, es esencial buscar procedimientos que mejoren el bienestar de los animales usados en investigación, no sólo los de laboratorio sino también los de granja, compañía, trabajo o entretención.

Definir bienestar animal es un tema complejo, que forma parte de un debate continuo tanto científico como filosófico.

Uno de los primeros acercamientos a una definición de bienestar animal fue publicada en el año 1965 por el Comité Brambell y hacía referencia a que el animal tuviese suficiente espacio para moverse libremente, darse vuelta, acicalarse, levantarse, echarse y extender sus extremidades.
En 1986 Broom entrega una de las definiciones más ampliamente reconocidas de bienestar animal; él lo define como el estado de un animal en relación a sus intentos por adaptarse o sobrellevar su medio ambiente. Luego en 1993 el Consejo Británico para el Bienestar de los Animales (FAWC, 1993) basándose en el Comité Brambell, publicó lo que se conoce como las 5 libertades (o necesidades) de los animales: estar libres de sed, hambre o malnutrición; no sufrir incomodidades; no sufrir dolor, lesiones o enfermedad; ser libres de expresar su comportamiento normal y no padecer miedo y distrés. Las dos últimas libertades no sólo incorporan aspectos físicos y del medio ambiente en que viven los animales con los que el hombre interactúa (mascotas, animales de producción o trabajo, para entretención y deporte, o para la investigación), sino además aspectos relacionados con la naturalidad de cada especie (telos). Varios años más tarde, el tratado de Amsterdam en 1997 entregó a los animales el reconocimiento de “seres sintientes” (European Union, 1997). Según Broom y Fraser (2007), un ser sintiente es aquél que tiene la habilidad de evaluar las acciones de otros en relación a sí mismo y a terceros; de recordar algunas de sus acciones y sus consecuencias; de evaluar riesgos, tener algunos sentimientos y algún grado de conciencia. Es inte resante darse cuenta de cómo la opinión de los seres humanos en el sentido de reconocer a otros como seres sintientes ha ido evolucionando paulatinamente. Así, se partió por incorporar a todos los humanos y no sólo algunos (esclavitud, género), luego reconocer estas características en los mamíferos más parecidos a los humanos (simios, monos), más tarde en todos los mamíferos, hasta incluir a todos los vertebrados. Es difícil predecir qué otros seres vivos seremos capaces de reconocer como seres sintientes en el futuro, esperamos que las evidencias científicas nos lo vayan indicando de modo de no cometer injusticias tales como asumir que un determinado ser vivo no siente, cuando en efecto puede estar sintiendo.

Las principales estrategias para evaluar bienestar animal se basan en el uso de indicadores, los que pueden ser directos o basados en el animal, e indirectos o basados en el medio ambiente
y los recursos entregados (Whay, 2007). Entre los indicadores basados en el animal están los parámetros fisiológicos, que entregan información de su funcionamiento biológico (problemas de salud o estrés, determinables por medición de variables sanguíneas, frecuencia respiratoria o cardiaca, temperatura corporal y muchas otras). Otros indicadores directos son los conductuales; en este caso al observar conductas positivas o de placer éstas nos indican un estado de bienestar, en tanto al observar en los animales conductas negativas o de sufrimiento, ello refleja un estado de malestar. Para ello es imprescindible conocer el comportamiento normal de cada especie en su entorno natural.

Según Duncan (2005), el bienestar tiene que ver con las sensaciones experimentadas por los animales; esto es la ausencia de fuertes sensaciones negativas, llamadas en general sufrimiento y probablemente la presencia de otras positivas, que suelen denominarse placer. Pero puede evaluarse científicamente el sufrimiento o las emociones negativas en los animales no-humanos?
Aunque esto puede parecerle a muchas personas algo subjetivo o antropocéntrico, sí puede determinarse en forma precisa, utilizando la metodología científica. Si bien difícilmente
un animal podrá expresarnos tan claramente lo que necesita del modo que nos podemos comunicar las sensaciones entre humanos, existen métodos indirectos mediante
los cuales se puede “preguntar” a los animales cómo se sienten respecto a sus condiciones de vida y los procedimientos que les aplican. Estos métodos comprenden la realización de las llamadas pruebas de preferencia, en que se le presentan distintas opciones a elegir, y las de motivación, para evaluar cuán importante es la preferencia del animal y cuánto es capaz de trabajar para obtenerlo (Fraser 1996). De hecho Dawkins (2008) señala que para evaluar si se logró una mejora en el bienestar animal uno se podría basar en sólo dos preguntas: ¿se mejoró la salud animal? (que se puede medir con los parámetros fisiológicos y conductuales) y ¿se entregó a los animales lo que ellos desean? (que se podría medir con pruebas de preferencia y motivación).
La ciencia del bienestar animal se ha desarrollado rápidamente en los últimos 15 años y ha sido importante para separar lo científico o netamente biológico, de los juicios morales. Según Broom y Fraser (2007) la evaluación del bienestar animal se puede llevar a cabo objetivamente y en forma independiente de consideraciones morales. No obstante, independientemente de cuántas respuestas científicas obtengamos al realizar evaluaciones del bienestar animal, aún quedará una pregunta moral: cuán mal puede estar el bienestar de un animal para ser considerado “inaceptable”? Al respecto antiguamente se tendía a pensar que el sufrir un dolor sería algo claramente inaceptable; actualmente otros problemas como el sufrir sed o inanición, o el tener que vivir en condiciones en que no se cumplen las necesidades de los animales, como por ejemplo falta de espacio físico, o incluso el poder realizar o no ciertas conductas normales para la especie, han pasado a ser igualmente importantes.

Según Lund y Coleman (2006) el bienestar animal es un tema multifacético, que incluye importantes dimensiones científicas, éticas, económicas y políticas, lo que requiere un acercamiento integrado que utiliza conceptos y metodologías de varias disciplinas.
Dado que en gran parte el bienestar de los animales depende de su interacción con los humanos, parece lógico que confluyan disciplinas como las ciencias naturales y sociales. Es por ello que científicos y filósofos han trabajado juntos para poder entender y articular los principios de bienestar animal (Fraser, 1999). También las instituciones científicas, así como aquellas que financian la investigación y las comunidades académicas deberán ampliar sus horizontes y abarcar aspectos interdisciplinarios, reduciendo los límites artificiales que se tienden a poner entre disciplinas. Pero un trato ético de los animales no sólo es importante en la investigación con animales de laboratorio, sino también en la investigación con otras especies animales que el hombre utiliza para su beneficio. Desde su domesticación, la vida de los animales de granja se ha integrado y es parte importante de la sociedad humana. Las actitudes de los humanos pueden afectar la calidad de vida de muchos animales, ya que ellos dependen del cuidado que les damos los seres humanos. En el caso de los animales de producción o también llamados de granja (aves, cerdos, bovinos, ovinos y otros), la información sobre el comportamiento y bienestar animal es relevante y necesaria para que las empresas productivas puedan llevar a cabo su trabajo efectiva y económicamente. En estas especies el maltrato no sólo resulta relevante desde un punto de vista netamente ético, sino que adicionalmente tiene consecuencias productivas. Así por ejemplo existe una relación estrecha entre la forma como manejamos los animales y la cantidad y/o calidad del producto que ellos nos entregan.

En los animales de granja el estudio de su comportamiento nos permite identificar qué procesos o manejos pueden resultar más ventajosos desde el punto de vista productivo y hasta qué punto puede ser beneficioso para el animal y para el hombre un cambio en dichos procesos. Para manejar correcta y productivamente los animales son necesarios los conocimientos sobre el comportamiento de los mismos; esta información permite también capacitar al personal, ya que se aprende más fácil cuando se puede fundamentar el por qué se deben hacer las cosas de una u otra forma. La misma información del comportamiento animal ha sido relevante para fundamentar el diseño más apropiado de las estructuras en las que viven y se manejan los animales (Grandin y Deesing, 2008). En el caso de los animales de granja, a los indicadores de bienestar animal ya mencionados, se suman otros indicadores directamente medibles en los animales, como lo son los de tipo productivo (kg de ganancia de peso, de carne, leche u otro producidos). Cuando el bienestar animal es muy pobre, se pueden incluso encontrar alteraciones en la calidad del producto. En los animales productores de carne, por ejemplo, un mal trato en el manejo previo a su sacrificio se refleja en lesiones corporales (hematomas) y cambios bioquímicos que afectan negativamente la calidad de la carne (Gregory, 1998).

El incremento de la población humana en el mundo y sus consecuentes mayores requerimientos de consumo de alimentos han llevado en algunos casos a una intensificación tal de la producción, que se han visto restringidas varias de las libertades de los animales, en particular la de poder vivir de acuerdo a su “naturalidad”. Esto es evidente en la producción intensiva de cerdos y aves; los consumidores perciben un problema en el trato de los animales y requieren cada vez más antecedentes sobre la calidad ética de los productos. Para llegar a ser una potencia agroalimentaria, es imprescindible que al realizar investigación sobre animales de producción en Chile, se incorporen estos aspectos más claramente en las metodologías.

La etología aplicada también puede ofrecer criterios científicos que permiten realizar investigación para evaluar el grado de bienestar de nuestros animales de compañía. Las personas que tienen mascotas, animales de trabajo, deporte o entretención, generalmente están más concientes de las necesidades y del comportamiento de sus animales; en algunos casos porque el comportamiento no es el que el dueño desea y entonces ello representa un problema. En otros casos es justamente el comportamiento la razón por la que el animal es útil para el propietario
(perro guardián). Según Odendaal (2005) la historia del ser humano pone de manifiesto que la manera en que trata a los animales responde a la concepción que tiene de si mismo y de los seres vivos que lo rodean, lo que puede ir desde la convicción de la superioridad del hombre sobre los animales hasta la idea de igualdad entre unos y otros.

En general, las investigaciones sobre el comportamiento y bienestar de las especies animales que el hombre utiliza para beneficio propio nos pueden entregar valiosas evidencias científicas
sobre las cuales se pueden basar las leyes y reglamentos correspondientes. La Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) es hoy la institución líder en el campo del bienestar animal y a ella se le ha dado el mandato de elaborar los estándares internacionales de bienestar animal (OIE, 2009). Los países miembros de esta organización, incluido Chile, deberán ir creando su propia legislación bajo el paraguas de estos estándares de bienestar animal. Por lo mismo resulta importante que se realice investigación científica tanto en laboratorios como aplicada a la realidad de cada país, que pueda sustentar dicha reglamentación.

Hasta el año 2006 eran pocos los países latinoamericanos en que se realizaba investigación propia en temas de bienestar animal, y también escasos los que ya habían implementado reglamentación bajo los estándares de la OIE (Gallo, 2007). Sin embargo la situación ha ido cambiando y el tema se ha ido difundiendo rápidamente. En Chile se destaca la reciente aprobación de la Ley de Protección Animal (Chile, 2009), que pone énfasis en inculcar el sentido de respeto y protección a los animales, como seres vivientes y sensibles que forman parte de la naturaleza. También en el ámbito de la investigación destaca Chile entre los países latinoamericanos, al haber sido reconocido recientemente (Mayo de 2009) el Programa de Bienestar Animal de la Universidad Austral de Chile en conjunto con su homólogo del Uruguay, como un centro colaborador de la OIE para la investigación sobre el bienestar de los animales. La edición del presente libro es una señal más de nuestra preocupación por cumplir estándares de bioética y proteger el bienestar de los animales con los que interactuamos para distintos fines.

REFERENCIAS
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Brambell, F.W.R. 1965. Report of the Technical Committee to Enquire into the Welfare of Animals kept under Intensive Livestock Husbandry Systems. HMSO, London, UK.
Chile. 2009. Ley 20.380 o Ley de protección animal. Ministerio de Salud Subsecretaría de Salud Pública. Diario Oficial, del 03 de Octubre de 2009, Normas Generales.
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Gallo, C. 2007. Animal Welfare in the Americas. In: 18th Conference
of the OIE Regional Commission for the Americas, Florianopolis, Brasil, 28 November - 2 December 2006. Compendium of Technical Items presented to the International Committee or to the Regional Commissions of the OIE. Edited by OIE. pp: 151-166.
Grandin, T., M. Deesing. 2008. Humane livestock handling. Understanding livestock behaviour and building facilities for healthier animals. Storey Publishing, North Adamas, USA.
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OIE. Organización Mundial de Sanidad Animal. 2008. Código Sanitario para los Animales Terrestres, 2008. Título 7. Bienestar de los animales
Russel, W.M.S., R.L. Burch. 1959. The principles of humane experimental technique. Methuen, London, UK.
Whay HR. 2007. Thejourney to animal welfare improvement. Anim Welf 16, 117- 122.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

ACTUALIZACIÓN SOBRE LA INFLUENZA PORCINA. 2010. M. Simon Grife, G. E. Martin Valls, J. Casal Fábrega

Actualización sobre la influenza porcina
SUIS Nº 72 Noviembre 2010 n 15

La influenza o gripe porcina es una enfermedad infecciosa producidapor Orthomixovirus que afecta a una gran variedadde especies entre las que se incluyen humanos, cerdos, équidos y aves. En los mamíferos cursa clínicamente de manera abrupta con signos respiratorios y fiebre. n los últimos tiempos la gripe ha sido tema de actualidad, en primer lugar debido la aparición de la gripe aviar altamentepatógena por virus H5N1 en el sureste asiático y su posterior extensión hacia Europa a través de aves silvestres en el año 2006. Más recientemente, en abril de 2009 las alarmas se encendieron con la aparición en México de la nueva variante de H1N1 y su posterior extensión al resto del mundo. El nombre de gripe porcina que se dio inicialmente a este último brote ha servido para aumentar el interés por la gripe en esta especie y para constatar que realmente hay un desconocimiento importante de algunos aspectos de la infección en los cerdos. En este artículo revisamos brevemente los conocimientos existentes sobre esta infección en el porcino.


ETIOLOGÍA
La influenza o gripe porcina es una enfermedad
causada por virus del género Influenzavirus tipo A pertenecientes a la familia Orthomyxoviridae . Los virus influenza se dividen en subtipos dependiendo de las dos glicoproteínas de superficie: la hemaglutinina (HA) y la neuraminidasa (NA). La HA está implicada directamente en el proceso de infección puesto que permite al virus unirse a receptores de la membrana celular y colonizar la célula (Murphy et al., 1999). Por otro lado, la NA permite la liberación de viriones y así facilita la salida del virus de la célula y su diseminación a otras células no infectadas (Murphy et al., 1999). En total se han descrito 16 tipos de hemaglutinina (H1-H16) y 9 de neuraminidasa (N1-N9).
El genoma de los influenzavirus tipo A está fragmentado en ocho segmentos de ácido ribonucleico (ARN), una particularidad que facilita la posible recombinación genética entre diferentes virus que estén infectando simultáneamente a la misma célula. Por otra parte, los virus ARN están sometidos a una fuerte deriva genética debido a la elevada tasa de errores de la ARN polimerasa.
Distribución y origen de los subtipos del virus de la influenza porcina
Los subtipos H1N1, H1N2 y H3N2 de virus influenza son los más frecuentemente reportados en el porcino en todo el mundo (Olsen et al., 2006). No obstante, los orígenes y las características genéticas y antigénicas de estos virus difieren según el continente o región en el que se aislen, debido tanto al fenómeno de recombinación como al de la deriva genética. Estas diferencias son especialmente evidentes en el caso del subtipo H1N1: el virus presente en América (llamado H1N1 porcino “clásico”) se originó directamente del H1N1 causante de la “gripe española” del año 1918 (Shope, 1931), mientras que el H1N1 euroasiático tiene un origen aviar (H1N1 “tipo aviar”) y se aisló por primera vez a finales de los años 70 en Italia. Ambos virus presentan unas características genéticas y antigénicas diferentes (Olsen et al., 2006).
En el caso del subtipo H3N2, la cepa que circula actualmente en la cabaña porcina es un triple recombinante, caracterizado por contener los genes que codifican para la HA y la NA de origen humano, mientras que los genes pertenecientes a proteínas víricas internas son de origen aviar en la cepa europea (Madec et al., 1984) y aviares y porcinos en el caso del subtipo norteamericano (Zhou et al., 1999).
Finalmente, el subtipo H1N2, aislado en Europa en el año 1994 (Brown et al., 1995), es un recombinante que contiene todos los genes del H3N2 porcino con la excepción del gen de la hemaglutinina, que proviene de un H1N1 de origen humano. No obstante, en algunos países se han detectado H1N2 con la hemaglutinina de origen aviar, como es el caso de Dinamarca y Francia (Hjulsager et al., 2006 y Kyriakis et al., 2009). La figura 2 representa esquemáticamente el origen y evolución de los principales subtipos de influenza porcina en función de su distribución geográfica.

Los virus de la influenza A son originarios de aves. Sin embargo, algunos tipos pueden afectar a mamíferos, especialmente a humanos, cerdos, équidos y marinos.
El tracto respiratorio de los cerdos presenta receptores para virus de la influenza
tanto típicamente aviares (a-2,6) como de mamíferos (a-2,3). Por este motivo, la especie porcina se ha considerado una matriz para la generación de nuevos virus de influenza a partir de la recombinación genética de virus de aves y de mamíferos. Un ejemplo reciente lo tenemos
con el virus A/H1N1 pandémico, que incorpora genes humanos, aviares y porcinos y, aunque esta cepa afecta a la especie humana, su origen podría estar muy relacionado con la especie porcina (Smith et al., 2009).


EPIDEMIOLOGÍA
La principal ruta de entrada del virus de la influenza porcina en una explotación es la introducción de animales infectados, aunque también se han descrito otras vías de entrada como los aerosoles, fómites e incluso el movimiento de personal con ropa o material contaminado (Alexander, 2007). Una vez dentro de la granja, el virus se transmitirá principalmente por contacto directo entre los animales de la explotación mientras existan individuos susceptibles (Olsen et al., 2006).
Los subtipos H1N1, H1N2 y H3N2 de influenza porcina son los más comunes. También se han aislado otros subtipos de virus influenza, aunque menos
frecuentemente, y no han llegado a establecerse de forma extensa en la población
porcina. Entre éstos cabe destacar los subtipos H1N7, H4N6, H3N3 y H3N1 (Brown et al., 1994; Karasin y Olsen, 2000; Karasin et al., 2004; Lekcharoensuk et al., 2006).
En España, los subtipos H1N1 y H3N2 se identificaron por primera vez a medianos de la década de los 80 (Plana Duran et al., 1984; Castro et al., 1988). Por lo que refiere al subtipo H1N2, fue aislado por primera vez en muestras obtenidas en el año 2003 (Maldonado et al., 2006). Estudios recientes han revelado una amplia diseminación de los subtipos de influenza porcina predominantes en el cerdo en la cabaña porcina española. (Maldonado et al., 2006; Fraile et al., 2010; Simon-Grifé et al., 2010a). Este último trabajo, realizado en 100 explotaciones porcinas obtenidas al azar entre las granjas de todo el territorio español, detectó anticuerpos
frente a H1N1, H1N2 o H3N2 en el 91%, 50% y 82% de las explotaciones respectivamente. En el 79% de las granjas y en el 20% de los animales analizados se detectaron anticuerpos frente a
dos o más subtipos.


PATOGENIA Y CLÍNICA
La infección por los virus de la influenza porcina está limitada al tracto respiratorio aunque también se ha descrito algún caso de localización extrarespiratoria (Kawayoka et al., 1987). El virus se replica en células de la mucosa nasal, tonsilas,
tráquea, pulmón y linfonodos traqueobronquiales (Brown et al., 1993; Heinen et al., 2000).
El periodo de incubación de la enfermedad es de 1-3 días (Olsen et al., 2006; Kahn y Line, 2006). Normalmente la excreción vírica puede empezar 24 horas después de la infección y en la mayoría de casos continúa hasta los 7-10 días posteriores (Olsen et al., 2006; OIE, 2008), y
aunque se han descrito excreciones víricas de duraciones superiores a los cuatro meses, estos casos son poco frecuentes (Blasckovic et al., 2000).
Los anticuerpos frente al virus de la influenza porcina son detectables en suero
a partir de los siete días posinfección (PI), aunque el momento óptimo de detección es a las 2-3 semanas PI, momento en el que se produce el pico en los títulos de anticuerpos (Larsen et al., 2000).
La sintomatología clínica que causan los virus influenza A en cerdo es muy similar a la que producen en los humanos. Entre los signos clínicos más frecuentes podemos
destacar fiebre, letargia, anorexia, pérdida de peso y tos (Van Reeth, 2007; OIE, 2008). También pueden aparecer otros signos como la conjuntivitis, las secreciones nasales y los abortos (Heinen, 2003; OIE, 2008). Tradicionalmente, se ha descrito que la entrada de un nuevo virus
influenza en una explotación produce el cuadro clínico típico de la enfermedad en un porcentaje elevado de los animales (Olsen, 2006). Sin embargo, estudios recientes han mostrado que la infección de un lote completo de animales no tiene por que ir acompañada de signos clínicos
(Simon-Grifé et al., 2010b).
En una explotación la morbilidad puede llegar al 100%, pero la tasa de mortalidad es muy baja (<1%). Generalmente, la recuperación es rápida y comienza entre los 5 y 7 días después de la aparición de los signos clínicos (Heinen, 2003; Olsen et al., 2006). Las infecciones bacterianas secundarias o las coinfecciones con otros virus pueden incrementar la gravedad de la enfermedad (Heinen, 2003; OIE, 2008). Las lesiones macroscópicas que se observan en los animales con influenza porcina se corresponden a una neumonía bronquiolo-intersticial y se limitan habitualmente a los lóbulos apicales o cardiacos, aunque en infecciones experimentales se han descrito lesiones que abarcaban mas del 50% del pulmón (Richt et al., 2003).

MÉTODOS DIAGNÓSTICOS
El diagnóstico de la influenza porcina se puede realizar mediante aislamiento vírico, detección del ácido nucleico y técnicas de detección de anticuerpos.


Aislamiento vírico
Existen diferentes formas de aislar los virus influenza. La metodología más utilizada
tradicionalmente es el aislamiento en huevos embrionados de pollo (OIE, 2008). No obstante, el trabajo con huevos de pollo es largo, tedioso y requiere de cierta práctica para realizar la inoculación. Además, es necesario el sacrificio del embrión. Por estas razones se han desarrollado
diferentes líneas celulares que pueden infectarse con los virus influenza, como la línea celular Madin-Darby Canine Kidney (MDCK), que es la más comúnmente utilizada. La presencia del
virus se hará evidente al observarse efecto citopático en las mismas.
El uso de huevos embrionados y de MDCK permiten el aislamiento, producción y titulación vírica, y pueden aportar cierta información respecto al comportamiento infectivo de la cepa. Ambos son procedimientos necesarios para estudiar posteriormente con mayor detalle el comportamiento y origen del virus.


Amplificación de material genético
En la actualidad existen técnicas de detección genérica de los virus del tipo A y también técnicas destinadas a la caracterización y determinación del subtipo de los influenzavirus A. Los métodos genéricos más empleados actualmente son las técnicas de reacción de la cadena de la polimerasa en transcripción reversa (RT-PCR) en tiempo real para la detección genérica de los
influenzavirus tipo A (Spackman et al., 2008; Slomka et al., 2010). Éstas técnicas se basan en la detección del gen de la matriz (M), una región altamente conservada de los virus influenza A (Spackman et al., 2008), de modo que permiten detectar y cuantificar prácticamente la totalidad de los virus de la influenza tipo A, pero no son de utilidad para caracterizar/subtipar las cepas.
De forma complementaria, otras RT-PCR (convencionales y en tiempo real) son capaces
de amplificar las hemaglutininas y neuraminidasas porcinas (H1, H3, N1 y N2). Mediante este tipo de técnicas es posible determinar directamente el subtipo en caso de que se trate de una cepa típicamente porcina (Young et al., 2002; Chiapponi et al., 2003; Richt et al., 2004; Lee, 2008; Mallinga et al., 2010). La elevada tasa de mutaciones que presentan los virus
influenza obliga a una renovación periódica de las técnicas de detección de ácido nucleico, adaptándolas a los nuevos virus originados.


Detección de anticuerpos
Estas técnicas son apropiadas para analizar las seroconversiones posteriores a las infecciones víricas ya sean clínicas o subclínicas, o también con posterioridad a una vacunación. La técnica de referencia para la detección de anticuerpos es la inhibición de la hemaglutinación (IHA) (OIE, 2008). Esta técnica es capaz, a priori, de discernir entre anticuerpos de diferentes subtipos víricos e incluso de diferentes títulos bajos obtenidos por IHA en muestras de campo ya que podría tratarse de falsos positivos.

Toma de muestras
Para realizar un diagnóstico adecuado es muy importante que la muestra sea la apropiada. A modo de resumen, a continuación se especifica para cada técnica el tipo de muestra, el momento de la toma de muestra, los animales que se deben muestrear y la finalidad con la que se hace.

Características de las muestras de elección para cada técnica diagnóstica
Técnica laboratorial Tipo de muestra Momento óptimo de toma de muestra Finalidad
RT-PCR convencional y en tiempo real Hisopo nasal
Pulmón 1 a 7 días a partir de la aparición de los signos clínicos
Detección y cuantificación vírica
Subtipado y secuenciación de la cepa circulante
Aislamiento en huevos embrionados o MDCK
Aislado, titulación y producción vírica para uso posterior
ELISA IHA Suero
A partir de las 2-3 semanas post-infección
Confirmación de circulación del virus influenza
Valorar la eficacia vacunal
Determinar el/los subtipo/s circulante/s (solo IHA)

Recientemente, estudios realizados por Kyriakis et al. (2010) han demostrado que infecciones o vacunaciones consecutivas frente a uno o más subtipos en un mismo animal hacen que éste genere, en bajo título, anticuerpos frente a subtipos de influenza a los que no haya sido expuesto
previamente. Estos datos sugieren un replanteamiento en la interpretación cepas pertenecientes a un mismo subtipo (Van Reeth et al., 2006; Kyriakis et al., 2010). La sensibilidad de esta técnica viene condicionada por las cepas utilizadas como antígeno. En este sentido, se recomienda utilizar para la IHA cepas homólogas a las aisladas en la región de donde se han obtenido los sueros que se pretenden analizar. La técnica de referencia para la detección de anticuerpos es la inhibición de la hemaglutinación (IHA) (OIE, 2008).

Actualmente, también se comercializan kits de ELISA capaces de detectar anticuerpos
frente a cualquier virus de Influenza A (Idvet, Idexx, Hipra). Se trata de pruebas rápidas y de sencilla aplicación basadas en la detección de anticuerpos específicos de la nucleocápside (NP) y la proteína M, que son proteínas altamente conservadas en todos los virus de la influenza A.
La técnica de IHA y los kits de ELISA son complementarios, ya que un resultado negativo
en la IHA, que a su vez sea positivo para ELISA, sugiere la circulación de una cepa o subtipo distinto a los utilizados como antígeno para la IHA. No obstante, la sensibilidad de los ELISA comercializados es inferior a la de la IHA cuando nos referimos a un subtipo en concreto.


PREVENCIÓN Y CONTROL
La prevención de la influenza porcina se fundamenta en dos pilares básicos, las medidas de bioseguridad y las estrategias vacunales.


Medidas de bioseguridad
Las medidas de bioseguridad resultan apropiadas para prevenir y controlar la entrada y diseminación de los virus de la influenza en una explotación.
La llegada de animales infectados se ha postulado como una vía frecuente de introducción de virus de la influenza en una explotación porcina (Alexander et al., 2007; Simon-Grifé et al., 2010a). Por este motivo, la aplicación de un periodo de cuarentena en los animales de nueva introducción es una medida eficaz para disminuir el riesgo de infección de la granja.
El acceso de las aves a la explotación o a otros materiales, como el pienso o el agua, debería evitarse puesto que las aves se han descrito como una fuente potencial
de introducción de los virus influenza (Pensaert et al., 1981).
Las personas que tienen contacto con los animales de la granja pueden actuar como fuentes de introducción de virus humanos, y al mismo tiempo pueden infectarse con virus porcinos. (Ramirez et al., 2006; Gray et al., 2007; OIE, 2008). En este sentido, el movimiento de personal entre granjas debería limitarse apoyándose en otras medidas, como el uso de ropa y botas exclusivas de la explotación y la obligatoriedad de ducharse previamente a la entrada, que deberían establecerse para reducir la entrada y transmisión entre granjas de la enfermedad.
Los vehículos o el material compartido entre granjas también pueden actuar como fómites (Alexander, 2007). En cualquier aso, su acceso a la granja debería ser restringido y siempre después de aplicar un correcta limpieza y desinfección.


Estrategias vacunales
Debido a las diferencias antigénicas entre los virus circulantes en Europa y Norteamérica, las cepas que componen las vacunas comerciales frente a influenza porcina también son diferentes entre continentes. Actualmente las vacunas que se comercializan son bivalentes y contienen el virus H1N1 clásico y el virus H3N2 triple recombinante. A diferencia de Europa, en Estados Unidos también se producen vacunas autógenas que contienen cepas locales específicas (Olsen et al., 2006).
En Europa, las primeras vacunas se comercializaron mediados de los años ochenta y estaban compuestas por virus inactivados de los subtipos H1N1 y H3N2. Estas vacunas han cambiado muy poco desde entonces pero, a pesar de ello, inducen cierto nivel de protección frente a cepas víricas más recientes (aparecidas en los años noventa) (Van Reeth et al., 2001) e incluso frente al virus H1N1 responsable de la pandemia del año 2009 (Vincent et al., 2010). En cambio, en infeccionesexperimentales se ha observado que estas vacunas no protegen de forma efectiva frente a los virus H1N2 (Van Reeth et al., 2003).
Recientemente, en Europa se ha aprobado la comercialización de una vacuna trivalente,
que contiene cepas actuales de los subtipos H1N1, H1N2 y H3N2.



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