jueves, 15 de mayo de 2014

ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE LA MEDICINA DE PEQUEÑOS ANIMALES EN CHILE. Alfonso Court L. 2011

Antecedentes históricos de la medicina de pequeños  animales en Chile.
Alfonso Court L.
Hospitales Veterinarios 3(3): 82 - 87, 2011

INTRODUCCIÓN

 Para tratar de escribir la historia de la medicina de pequeños animales en Chile, las fuentes de información disponibles para llevar a buen término este cometido no son abundantes, pues no se ejercía esta especialidad dentro de la medicina veterinaria chilena hasta, por lo menos, mediados del siglo XX. A esto se suma que los pocos veterinarios que trabajaban en el país, orientaban  su quehacer básicamente a la atención de animales mayores en predios agrícolas, caballares del ejército, o de la hípica; algunos en la preparación de vacunas y control de carnes en mataderos. No era costumbre en la época consultar por perros o gatos enfermos.1
El ejercicio de la medicina en las especies menores  en Chile se inicia a mediados del Siglo XX, representando una  actividad profesional desarrollada por unos pocos, que fueron pioneros de esta especialidad y cuyas semblanzas se relatan en  este trabajo, como los doctores Luis Schmidt Herman, titulado en  1914 en la antigua escuela de veterinaria militar y autodidacta en  la medicina de pequeños animales, quien abrió un camino para las generaciones siguientes. El Dr. Eulalio Fernández Navas, recibido en 1935 en la Facultad de Agronomía y Veterinaria de  la Universidad de Chile, quien nos relata antecedentes de los  estudiantes de veterinaria en los años treinta y explica también  cómo se realizaba el ejercicio de la clínica menor en esa época.
Hay antecedentes históricos de valor, como conocer el primer  lugar donde se atendieron perros y gatos en Chile en 1918 en la  Quinta Normal, por el Dr. Enrique Amión, fallecido trágicamente de rabia; como también el primer Hospital para perros y gatos  que funcionó en el país hasta la crisis económica de 1930;  también se refiere a la Dra. Teresa Acchiardo, la primera mujer en obtener el título de médico veterinario en Chile, en el año 1938.
Entre los médicos veterinarios que laboraban en Chile, se mencionan algunos franceses contratados por el gobierno para ejercer funciones  muy específicas como los Drs. Broyuart, Mabilais,  Varichon, Dumont, Blier, Lucet y Descazeaux, la  mayoría de los cuales, terminados sus contratos,  volvieron a Francia.2

LOS PRIMEROS ANTECEDENTES

 Los primeros antecedentes que se tienen sobre  la medicina de pequeños animales en Chile, se  remontan a partir del siglo XX.
La carrera de medicina veterinaria se inicia en el Ejército en 1905, al crearse la Escuela de Veterinaria Militar y cerrarse los cursos de veterinaria y herraje que se realizaban esporádicamente desde  1898 en esa institución. Esta Escuela de Veterinaria Militar, anexa a la Escuela de Caballería, estaba  ubicada en Santiago, en una zona que en esos años era rural y que corresponde actualmente a la calle José Manuel Infante al llegar a Irarrázabal; en la cual los cadetes después de tres años de estudios egresaban con el grado de subteniente de veterinaria, para servir en las distintas unidades montadas a lo largo del país. Estos estudios sólo  contemplaban la medicina de las especies mayores y, casi exclusivamente, todo lo relacionado con la medicina de los equinos.1
 En 1915 se crea la primera Escuela de Medicina Veterinaria (civil) en la Quinta Normal (se cierra la Escuela de Veterinaria militar).  En esta nueva escuela, dependiente de la Dirección General de los Servicios Agrícolas, se inauguró en 1918 una pequeña sala acondicionada como consultorio para perros y gatos, gracias a una donación de la benefactora doña Dolores Pinto, destinada a crear un lugar de atención para estos animales, que no existía en la capital.
El consultorio funcionaba una vez a la semana en un reducido horario y era atendido por el Dr. Enrique Amión Ligardes, titulado en los primeros cursos de la Escuela de Veterinaria Militar. El Dr. Amión, desempeñaba el cargo de profesor de Fisiología y de Clínica de Animales Mayores en la Escuela de Medicina Veterinaria y, por no existir ningún veterinario capacitado en medicina de animales menores, tuvo que asumir el cargo en el consultorio, adaptando sus conocimientos a estas especies.1 Este consultorio sólo tenía funciones asistenciales, pues no existía la enseñanza de esta especialidad. El consultorio cerró en 1926 al fallecer el Dr. Amión, víctima de la rabia, contraída al examinar en el campo el cadáver una vaca muerta por esa enfermedad.
 También en 1926, en el Instituto Sanitas en Santiago de Chile, los médicos Dr. W. Heegewald y Dr. Otto Riedel, junto al médico veterinario Dr. Hugo K. Sievers, obtienen en forma experimental las primeras radiografías en perros en América.2
 A partir de 1927, la enseñanza de la medicina veterinaria pasa a depender de la Universidad de Chile, creándose la Facultad de Agronomía y Veterinaria. Se nombra el año 1928, por Decreto Supremo Nº 6138 de fecha 28 de diciembre, al Dr. Luis Schmidt Herman (1896-1970) como el primer profesor de clínica de animales menores de la Facultad, con lo cual en marzo de 1929 se inicia la enseñanza de esta especialidad en el país, permaneciendo en el cargo hasta 1936, fecha en que renunció para dedicarse a sus actividades privadas en el Instituto Seroterápico “Dr. Luis Schmidt Herman”, de su propiedad. Este centro abrió en Santiago en 1920 en la calle Monjitas, próximo a la Plaza de Armas. Este Instituto, destinado a la venta de instrumentales y productos de uso veterinario, funcionó por más de 40 años, manteniendo en el local la única clínica privada para pequeños animales con que contó la capital hasta la década de los 40. Entre los años 1930 y 1940, estuvieron a cargo de esta clínica los doctores Fernando Barraza y Luis Monardes.1
 Debido a la renuncia del Dr Luis Schmidt Hermana la cátedra de clínica de animales menores en la Facultad, asumió el cargo en 1936 el Dr. Benjamín Cornejo (1911-1991), quien había sido su alumno poco antes, permaneciendo en el cargo hasta 1967 en que se acogió a jubilación.
 En la época del Dr. Schmidt Herman, el  consultorio funcionaba dos veces a la semana en la misma sala que años antes atendía el Dr. Amión. El  horario de atención se restringía a los días martes y viernes, de 11.00 a 12.00 horas para las clases de clínica menor, y los pacientes eran llevados por los propios alumnos del último año de la carrera.

Dr LUIS SCHMIDT HERMAN (1896 - 1970)

 El Dr. Schmidt Herman había recibido su título de Oficial de Veterinaria en 1914, en la Escuela de Veterinaria Militar, siendo un autodidacta en la especialidad. Viajó a Buenos Aires, donde realizó práctica en el hospital veterinario de la Sociedad Protectora de Animales de ese país, experiencia que trajo a nuestro país. Luego, organizó el primer hospital para animales menores de Chile, antes que existiera la enseñanza de esta especialidad.1
 Veamos lo que nos relata en su crónica: “En los años veinte, comenzaban las consultas y los llamados para atender perros y gatos enfermos, lo aprendido era escaso, libros sobre la materia, ninguno; experiencia por adquirir. ¿Por qué no habría cátedras en la Escuela? Seguramente en países más avanzados existirían, pero en Chile…  Cada enfermo que examinar era un suplicio.  ¿Cómo empezar, cómo refinar, acomodar una técnica más adecuada a las especies menores y de acuerdo al medio en que viven y la susceptibilidad de los amos? Había que adoptar una terapéutica mejor dirigida, ya sea en razón de dosis, susceptibilidad de las especies, olores medicamentosos, medios y manejos para curar.
 Con la experiencia adquirida en el hospital veterinario de Buenos Aires, organicé un hospital para animales menores en un local adyacente al antiguo matadero de Santiago, en calle Franklin, el que contaba con una sección de farmacia, gabinete de cirugía y diversas salas para la atención de enfermos, separados los perros y los gatos, también una sala para infecciosos. Había una cocina especial para la elaboración de alimentos y dos vacas para el suministro de leche. Como médico veterinario residente estaba el Dr. Juan Cáceres Azócar y un estadístico se encargaba de la vigilancia de los enfermos y de la administración del recinto. Había bastante trabajo y se logró formar un buen equipo de practicantes muy abnegados y competentes.  Para la mejor atención al público se adquirió una máquina Ford nueva y se le hizo una carrocería especial, como un cajón dividido en dos en la parte baja y a su vez un segundo piso subdividido en tres compartimentos chicos por cada lado, los dos de abajo servían para perros grandes y los pequeños para perros chicos o gatos. Por fuera un rótulo  “Ambulancia para perros y gatos”.  El día que entregaron el carro, fue solicitado  por el “Diario Ilustrado” para sacarle una fotografía frente a su imprenta, que afortunadamente funcionaba en la calle Moneda al llegar al Palacio  de Gobierno, digo afortunadamente, porque a los pocos minutos de pararse la máquina y rodeada por un grupo de curiosos, alguien gritó: “¡No hay camas en los hospitales para la gente, faltan ambulancias en la Asistencia Pública, éste es un insulto a la pobreza, una burla al pueblo, destruyamos al momento esta perrera!”. La oportuna intervención de la policía salvó a la ambulancia de ser destruida antes que transportara al primer enfermo; muchas veces después fue apedreada. Prestó muchos años  de servicio y en 1935, cuando visité el hospital de la Sociedad Protectora de Animales en Nueva York, encontré en una oficina la fotografía de nuestra ambulancia, destacada como la caridad por los animales en Chile.
 Nuestro hospital se defendía con grandes dificultades económicas; muchos enfermos recuperados con gran esfuerzo y abnegación eran olvidados por sus amos, a otros teníamos que darlos de alta, recibiendo a título de donación lo que el amo quería o podía dar. Con frecuencia el costo de la hospitalización era mayor que las entradas. Se mantenía el hospital por razones sentimentales y porque fue el primer paso hacia la enseñanza profesional; algunos jóvenes estudiantes iban a practicar y a connaturalizarse con la medicina de pequeños animales.
 La gran crisis económica de 1930, fue el epílogo del primer hospital veterinario para perros  y gatos que existió en Chile.”1

Dr. EULALIO FERNANDEZ NAVAS (1912-2004).  

Este médico veterinario graduado en la Universidad de Chile en el año 1935, ejerció su carrera académica por 42 años en esa Universidad, como Profesor en las Cátedras de Cirugía y de Higiene y Tecnología de los Alimentos.  En estas semblanzas y recuerdos de medio  siglo de medicina veterinaria, se evoca la historia de años pasados en nuestra profesión y sus vivencias  en la medicina de pequeños animales.
 El Dr. Fernández nos relata: “En nuestra  época de estudiantes de la década de los años treinta, el consultorio de animales menores funcionaba dos veces por semana al medio día (11:00 a 12:00 horas). La llegada del Dr. Schmidt Herman a dictar su clase de clínica menor era en verdad espectacular. El Profesor era puntual: minutos antes de las 11:00 horas le veíamos descender de uno de los dos automóviles que solía alternar (lujo inusitado en esa época) y seguido por sus alumnos que le esperaban agrupados en la puerta del Policlínico, irrumpía ruidosamente en el consultorio, requiriendo perentoriamente con su tonante vozarrón nasal, la presencia inmediata del gordo Leoncio, auxiliar encargado de introducir y sostener sobre la mesa de examen al inquieto paciente, que lo mismo podía tratarse de un corpulento mastín, un escurridizo minino o un frágil canario enjaulado.
 De maciza estampa, ademanes teatrales y atildada elegancia en el vestir, concitaba la atención de sus alumnos por la expedición y seguridad que ponía en el diagnóstico que emitía tras un rápido examen clínico. Sus enseñanzas claras y exentas de  retórica científica, eran captadas sin dificultad, así como el conocimiento y manejo del escaso arsenal terapéutico con que contaba la farmacopea de aquellos años. Estaba lejana aún la incorporación de drogas sulfas y antibióticos, que habrían de revolucionar radicalmente el arte de curar y los conceptos clínicos a partir de la década siguiente (1940).  El “ojo clínico” gozaba de plena vigencia y las patologías que desfilaban ante nuestros ojos eran frecuentemente espectaculares: el distémper canino revestía formas severas y pese a ser considerada una infección de la primera edad, su virulencia se exacerbaba hasta el punto de afectar indiscriminadamente a canes jóvenes y adultos, con un índice de mortalidad de casi 50%. Fue así que en 1935 provocó la desaparición de casi un tercio de la población de galgos del Canódromo de Santiago, de efímera existencia en la rivera norte del Mapocho (Av. Balmaceda).  El tratamiento de dicha enfermedad era sólo sintomático, pues no se disponía de vacunas ni elementos biológicos eficaces para combatirla con éxito. La proteinoterapia inespecífica (autohemoterapia, leche aséptica) y algunos productos de la industria farmacéutica (Omnadina) eran recursos que solían usarse con resultados aleatorios. Muchos casos derivaban a complicaciones graves y de difícil o imposible tratamiento, como ocurría con las de tipo neurológico (cuadros mioclónicos o parapléjicos)”.3

LA RABIA, UN PELIGRO LATENTE EN ÉPOCAS PASADAS.

 A mediados del siglo XX, esta mortal zoonosis  estaba siempre presente en las posibilidades diagnósticas realizadas por los clínicos de animales menores. Las variaciones en la tendencia de la rabia se pudieron estudiar, gracias al establecimiento de un centro de diagnóstico en el Instituto Bacteriológico de Chile en 1929 (actual Instituto de Salud Pública). A partir de 1935, se hacen perfectamente apreciables brotes y, con el mejoramiento de las denuncias y el registro, se observa que a partir de 1945 este ciclo se hace mucho más evidente.4 En 1940, 1950 y 1955 hay una alza brusca de la enfermedad, que culmina en 1960, año en que se diagnostica el mayor número de muestras positivas, enviadas desde diferentes lugares del país; ese año se diagnosticaron 558 caninos y 28 felinos positivos a rabia en Chile, correspondiendo el 62% a la ciudad de Santiago.5  La rabia en Chile, hasta fines de la década de los años sesenta, se caracterizó por una enzootia en perros (gran cantidad de casos). A partir de 1962 se produjo una disminución drástica de los casos de rabia en perros y gatos.  Se detectaron casos humanos transmitidos por perros hasta el año 1972. Las campañas de vacunación antirrábica  canina masiva y la recolección de perros vagos en la perrera municipal, permitió obtener el control de la rabia urbana y prácticamente su eliminación a mediados de la década de los años ochenta.  En las últimas décadas no se ha registrado en el país la variante genética canina del virus de la rabia. A partir de 1991 en adelante, los casos positivos detectados corresponden en su totalidad a variante murciélago insectívoro. A la fecha actual, el último caso de rabia confirmado en animales menores, correspondió a un perro en 2007, siendo de origen murciélago.6

El SURGIMIENTO DE LAS CLÍNICAS VETERINARIAS

 Hasta fines de la década de los años treinta, la ciudad de Santiago contaba solamente con una clínica veterinaria privada, ubicada en las dependencias del Instituto Seroterápico “Schmidt Herman”, en calle Monjitas, en pleno centro de la ciudad. En provincias no existía atención para  animales menores.3
 En 1928, la Sociedad Protectora de Animales “Benjamín Vicuña Mackenna”, estableció un consultorio semi-gratuito en calle Libertad, al que concurrían años después a practicar los interesados en la medicina de pequeños animales.1 En los años cuarenta empiezan a establecerse otros centros de atención clínica en la capital.
 El Dr. Georges Mabilais, médico veterinario  francés, nacido en 1876 y titulado en la Escuela de Medicina Veterinaria de Alfort (Francia) en 1899, contratado por el gobierno para trabajar en el “Instituto de Vacuna Animal” que funcionaba en la Quinta Normal para la preparación de vacunas, al terminar su contrato se queda a vivir en el país. Al inicio de la década de los cuarenta abre una clínica para animales menores, junto a su casa habitación en la calle Lord Cochrane al llegar a la Alameda, la cual atendió por muchos años, hasta su fallecimiento en 1963 a los 87 años.1,2
 En 1942, el Dr. Julio Baytelman inaugura la “Clínica Veterinaria Americana”, ubicada en calle Condell, que permaneció en funciones hasta fines de los años sesenta.
 Mención especial merecen las hermanas  gemelas Teresa y Agustina Acchiardo Marín, por ser las primeras mujeres en titularse en el país. La Dra. Teresa Acchiardo (1914-1962) fue la primera mujer en obtener el título de médico veterinario en Chile en 1938.7 Tiempo después su hermana Agustina  obtiene el mismo título.
 La Dra. Agustina Acchiardo, titulada en 1938, ingresa a trabajar al Instituto Biológico de la Sociedad Nacional de Agricultura. A partir de 1946, instala su clínica de animales menores “Cruz Azul” en calle Lord Cochrane, dedicándose durante toda su vida laboral a esta especialidad. En los años sesenta, traslada su clínica a la comuna de Las Condes, donde ejerció por muchos años.8 En las décadas de los cincuenta y sesenta,  a pesar que empezaban a aparecer nuevas clínicas privadas, el mayor número de consultas se atendían en la Escuela de Medicina Veterinaria en Quinta Normal, lugar al que concurría el público desde diferentes puntos de la ciudad.
 En los años siguientes, el aumento de  clínicas se hace notorio, no solamente en Santiago,  sino a lo largo del país.
 En 1974, la Escuela de Medicina Veterinaria  de la Universidad de Chile, Alma Mater de la medicina veterinaria chilena, se traslada desde Quinta Normal, donde permaneció por casi sesenta años, hacia su nueva sede en Avenida Santa Rosa, comuna de La Pintana. En agosto de ese año, la Clínica de Animales Menores inicia la atención al público en ese lugar.
 En octubre de 1974, es llevado a esa clínica un perro adulto mestizo de pastor alemán, con un gran número de ectoparásitos, desconocidos en el país; se enviaron las muestras al laboratorio de parasitología de la Escuela y el examen microscópico realizado por el Dr. Isaías Tagle, profesor de enfermedades parasitarias, reveló que se trataba de Rhipicephalus sanguineus, la garrapata del perro. Para mayor seguridad, el Dr. Tagle envió muestras a Estados Unidos al Dr. H. Hoogstral, jefe del departamento de zoología médica del Naval Medical Research, el cual confirmó el diagnóstico.
 Se consideró de gran importancia establecer  si esta garrapata existía en otros perros, para lo cual se visitó su casa en la comuna de La Granja.  Según el propietario, el perro había sido criado en ese domicilio sin salir de él. Se examinaron otros canes de las vecindades, sin encontrar ninguna garrapata, por lo cual nunca se pudo establecer el origen. Después de este caso, no se presentaron otros. Esta es la primera observación de garrapata  del perro en Chile.9  En 1976, fallece el Dr. Tagle, poco después empiezan a aparecer nuevos casos, primero en las comunas de La Granja y La Pintana y en los años posteriores el problema se extiende a todo Santiago y al resto del país.
 Otra afección que era desconocida en Chile, la parvovirosis, fue descrita por primera vez en Estados Unidos en 1978; mientras que en el país, los primeros casos se observaron en seis cachorros llevados por su dueño a la clínica de animales menores en 1980, provenientes de la comuna de San Miguel, cuyos cadáveres fueron diagnosticados en el servicio de anatomía patológica de la Facultad. A fines de 1980 y comienzos de 1981, se aísla el virus en el laboratorio de virología de la misma Facultad.10
 En 1985 se describe el primer caso de  Nocardiosis en perros en Chile, en un canino llevado en interconsulta a la clínica menor de la Facultad, aislándose Nocardia asteroides.11
 En la clínica de animales menores se diagnostica por primera vez en el país en 1986 un caso de Haemobartonella felis en gato, (actualmente el agente se denomina Mycoplasma haemofelis) en una muestra de sangre de un felino mestizo de un año de edad, enviada al laboratorio de la Facultad, siendo reproducida experimentalmente la enfermedad en un gato hematológicamente negativo.12
 En la misma institución, se realiza el primer diagnóstico de peritonitis infecciosa felina en el país en 1986, utilizando los exámenes de laboratorio recomendados en la literatura de la época.13
 Esta revisión bibliográfica de hechos, datos y fechas, que constituyen parte de la memoria histórica de nuestra especialidad, nos permite conocer la evolución de esta actividad, desde los pioneros que laboraron en épocas pasadas, enfrentando dificultades, incomprensiones y poca aceptación social, hasta llegar al desarrollo alcanzado en la actualidad.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

1. Schmidt Herman L. Historia y evolución de la medicina canina en Chile Primeras jornadas de animales menores. Facultad de Medicina Veterinaria Universidad de Chile. 1959.
2. Sievers W. H: Chile: desarrollo de la Medicina Veterinaria durante la República Imprenta Horizonte. Santiago 1971.
3. Fernández E: Medio siglo de medicina veterinaria. Editorial Universitaria. Santiago, Chile 1994.
4. Mora E. Aspectos epidemiológicos de la rabia Tercera Convención Nacional de Médicos Veterinarios. Chillán 1958
 5. Alvarez M, Townsend G.: Contribución al estudio epidemiológico de la rabia en Chile.1950-1960 Cuarta Convención Nacional de Médicos Veterinario. Santiago, Chile 1961.
6. Favi M. Primera Jornada de actualización en rabia Universidad Santa Tomás. Julio 2007.
7. Historia del Colegio Médico Veterinario Santiago, Chile 2006.
8. Diccionario Biográfico de Chile: Duodécima Edición, Santiago Chile. 1964.
9. Tagle I. Presencia accidental de Rhipicephalus sanguineus en un perro de Santiago de Chile. Agricultura Técnica (Chile) 36:137 1976.
10. Berríos P. Aspectos epidemiológicos y control de la parvovirosis canina. Tópicos en enfermedades parasitarias e infecciosas en especies menores. Fac. Cs. Vet. y Pec. Junio 1988.
11. Court A. Un caso de Nocardiosis canina. Monografias de Medicina Veterinaria. Vol 7 Nº 2,1985.
12. Correa J. Court A .Mora L. Hallazgo de Haemobartonella felis en Chile Avances en Ciencias Veterinarias Vol.1, Nº 1, 1986

13. Albala A. Court A. Peritonitis infecciosa felina en Chile. Comunicación preliminar. Monografías de Medicina Veterinaria Vol. 8, Nº 2, 1986.

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